Comentario al Evangelio del

Ciudad Redonda

Queridos amigos y amigas:

¡Feliz Adviento recién estrenado! Os deseo un tiempo de descubrimiento de Dios -Él siempre es novedad-, un tiempo de gracia, un tiempo de cordura, un tiempo de confianza. Un tiempo –¡Cómo no!- de Esperanza. Un auténtico Tiempo Fuerte.

El profeta Isaías ya se deja escuchar. Una voz henchida de esperanza. Un grito de «hay futuro», cuando nos damos cuenta de que Dios actúa. Un caudal de vida que desahoga y nos arrastra hasta el monte de la casa del Señor.

¿Cuántas veces hemos soñado -y cantado- arados nuevos de espadas viejas y lanzas desechadas para construir podaderas? ¿Cuántas veces hemos orado para que no levante la espada pueblo contra pueblo, ni hermano contra hermano?  Pues seguiremos soñando y cantando y rezando, porque nos queda todavía mucha esperanza por recorrer. Una bendita esperanza, que nos sacude para seguir aprendiendo los caminos del Señor. Una bendita esperanza, que nos saca de cualquier postración y nos yergue al encuentro del Salvador.

Y es que hemos de mirar bien, a ver si tenemos, en algún rincón del alma, un «criado», o más de uno, que necesita sanar. Una parálisis que nos hace sufrir, pero que -en un tiempo fuerte como éste- nos motiva para salir al encuentro del Único capaz de sanar. Si es así, necesitamos la fe del centurión del Evangelio de Mateo. Una fe que es esperanza. Una fuerza que abre nuestras vidas al camino de la salvación.

Si Él nos encuentra con esa bendita esperanza, confiando que una sola palabra suya puede sanarnos, nos invitará a entrar en el banquete del Reino y nosotros nos sentiremos seguros, vestidos para la ocasión. Entremos, pues, a la Fiesta… ¿O todavía no?

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