Comentario al Evangelio del

Ciudad Redonda

Queridos hermanos:

El Sábado, la gran institución judía, junto con el Templo y la Escritura Sagrada.

Durante su vida pública Jesús no cesa de poner el dedo en la llaga sobre esas instituciones que, para el judaísmo, significaban la indudable presencia de Dios y los que Él pedía al pueblo elegido. El cumplimiento del Sábado era la forma de reconocer la grandeza y la soberanía de Dios. Pero, como ocurre a veces, la importancia de la preocupación del hombre por Dios tapa la preocupación del hombre por el hombre, o de Dios por el hombre.

Jesús tampoco esconde su mensaje, no desperdicia nunca una oportunidad de anunciarlo; tampoco hace acepción de personas. Por eso somos capaces de encontrarlo en los sitios más diversos: en Jerusalén y en las ciudades extranjeras; en casa de judíos galileos o de fariseos practicantes; entre gente notable y rodeado de proscritos y pecadores; con hombres y con mujeres. Porque de lo que se trata, en último término, es de liberar de todas aquellas ataduras que hacen del hombre un ser dominado y oprimido. Bien por realidades externas a él, bien por lo que anida en su corazón.

Jesús se hace con todos para salvarlos a todos. Pablo lo dirá de sí mismo porque repetía al Maestro. En el centro de su vida, la de Jesús, late la preocupación por cada hombre concreto, por cada situación concreta que mata al hombre y hay que cambiar.

Nosotros tenemos la suerte de haber conocido este mensaje de liberación, que nos ayuda a salir de nuestras ataduras: las del pecado y las otras. También la suerte de poder proclamarlo allá donde vayamos. No debemos extrañarnos por la oposición, o la falta de entendimiento, que puedan aparecer. Ni tampoco puede pararnos e impedirnos que sigamos tratando de liberar a todos.

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