Comentario al Evangelio del

Rosa Ruiz, misionera claretiana

Queridos hermanos:

“Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte…” dice el salmista hoy. Acabemos la frase cada uno de nosotros. ¡Oh, qué distinta sería mi vida si el Señor no hubiera estado de mi parte, si no se preocupara por mí, si no me acompañara siempre y en cualquier circunstancia!

Dios es el dueño de la casa (de mí misma, que soy templo y casa suya, decíamos ayer) y nunca permitiría que los ladrones abrieran en mí boquetes. Fijémonos que el evangelio de hoy es la continuación de ayer y, por tanto, conviene no romper el sentido. Hoy continúa la bienaventuranza, la dicha: “dichoso el criado a quien su amo lo encuentre fiel y solícito, cuidando a la servidumbre, repartiendo su ración con justicia”.

Hoy el evangelio nos ofrece una nueva clave para la felicidad: no basta con cuidar tu vida y no llenarla como un granero, pues está llamada a ser casa de Dios. No basta. Nos exige que nos reconozcamos como administradores y no dueños, cuya principal tarea es cuidar de los demás (no “pegar a los mozos y muchachas”) y vivir con equilibrio y dignidad (no entregados a “comer y beber y emborracharse”).

No basta con ser fieles a nuestro Señor. También hemos de serlo a nosotros mismos y a los que nos rodean, especialmente a quienes Dios ha puesto a nuestro cuidado. ¿Cómo hacer esto? Mirando al Señor: Él es nuestro auxilio, nos salvó cuando el agua nos llegaba al cuello, nos libró de los dientes de quien nos quiere tragar. Porque Dios rompe las trampas de todos los cazadores. Estamos llamados a ponernos de su lado. A no ir por la vida como cazadores poniendo trampas y tragando a quien nos apetece. Ojalá sea así. Que Dios nos ayude y nos enseñe a ser servidores fieles y libres. Dichosos.

Vuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz, misionera claretiana

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