Comentario al Evangelio del

Rosa Ruiz, misionera claretiana

Queridos hermanos

Tendemos a querer que Dios sea árbitro de nuestros asuntos. Siempre y cuando sea a nuestro favor, claro… Y no solo le pedimos que intervenga si no que le decimos que tiene que hacer exactamente. Así aparece en el evangelio de hoy.

Me quedo con la respuesta de Jesús. No entra en el juego. Se limita a devolverle una mirada sobre sí mismo, yendo a la raíz de su demanda -la propia codicia- y no a la demanda en sí –“¡que mi hermano reparta la herencia conmigo!”-.

Y entonces añade una parábola. La de un hombre que echa cálculo. En esos cálculos me temo que entra también nuestro deseo de que Dios arbitre y nos dé la razón una vez más. Que todo gire a nuestro alrededor, que Dios sea una pieza más de nuestro argumentario; nos proclamamos guionistas de la vida, marcamos normas y escenarios, creemos que todo está en nuestra mano bajo el manto de una supuesta sana autonomía… Pero más bien parecemos dioses de nuestra propia liturgia. Terrible.

Dios siempre es Dios. Aun cuando no le dejamos. Suele callar pero cuando habla es implacable. Tiernamente implacable, como el abrazo de un buen amigo en medio de una tormenta:

“Necio, loco, no confundas el fin y los medios... ¿Quién eres tú? ¿Acaso crees que eres un granero donde almacenar riquezas sin fin? ¡No! Eres mucho más: eres un templo vivo, estás llamado a ser mi propia casa. Yo soy tu huésped. Mucho más que trigo y cebada”.

Y lo mejor de todo es que Dios dentro de uno no se acaba nunca. Siempre crece. ¿Cuándo nos convenceremos?

Vuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz, misionera claretiana

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