Comentario al Evangelio del

Ciudad Redonda

Queridos hermanos:

“No tengáis miedo”

¿Cuántos miles de veces hemos oído en los últimos tiempos este grito evangélico? Casi con tono mitinero, ha sonado en la Iglesia, por ejemplo, al encarar el nuevo milenio, el nuevo siglo. Hoy lo dice Jesús precisamente cuando se encuentra cercado, acosado por sus enemigos, que tienen designios de muerte sobre él. Su libertad personal y su relación libre y amorosa con Dios choca con los intereses y la religión chata de los fariseos y maestros de la ley.

Y estamos liberados del miedo y el temor, sencillamente, porque Dios nos quiere y cuida de nosotros. Para el que no tiene fe esto es una pamplina alienante. Para los que –aun pecadores-, nos sentimos encanto de Dios, agraciados, tiernamente mirados por Dios, es fuerza y ánimo irrefrenable.

Dios nos asiste, nunca nos abandona. La última seguridad no la buscamos en nosotros mismos. Dios es el único Absoluto. Nuestro pecado, nuestras limitaciones no nos derriban hasta la desesperanza. Al fondo está la roca firme. Podrán matarnos el cuerpo, pero hay valores más altos por los que hasta vale la pena entregar la vida. Incluso creemos en un final feliz que ni siquiera la muerte lo arrebata, porque está más allá de la muerte. Todo esto, tan sublime y tan sencillo: como que Jesús lo dibuja en la imagen de los pájaros y los lirios que ni siembran ni cosen, y Alguien cuida de su vida y su hermosura.

Si la cosa es así, ¿por qué temer? Hay un temor de Dios y un temor de los hombres. El temor de Dios es un don del Espíritu santo. No es miedo sino estar pendientes del amor de Dios y de su providencia; es decir, es confianza, paz, esperanza. El temor de los hombres es miedo. Miedo a la persecución, a perder el prestigio social, al quebranto económico, a la enfermedad, a la traición, a la muerte. Este temor queda sepultado cuando Alguien –ocurra lo que ocurra-, nunca falla, siempre está a punto.

Que no suene a moraleja sino a realismo. No basta con que se nos llene la boca con la consigna “No tengáis miedo”. Es preciso vivir desde esta ausencia de miedo. Y el que nada teme y se siente seguro en Dios, está lleno de confianza, le impulsa la audacia, mira el futuro con esperanza, es llamado a la creatividad. Entonces, si estamos tan convencidos de no tener miedo, hemos de desterrar de nosotros el temor, la alarma, la cobardía. ¿Qué pintaría, entonces, una Iglesia “a la defensiva”, quejándose a todas horas, mirando con gafas oscuras, temiendo a sistemas, ideas o personas?

No tengáis miedo. Lo ha dicho el Maestro. ¿Pero nos lo creemos...o no nos lo creemos tanto?

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