Comentario al Evangelio del

Ciudad Redonda

Queridos hermanos:

¡Matar a los profetas!...Con la falta que nos hacen los profetas. Y el Evangelio insiste: perseguirán, acosarán, pondrán trampas, derramarán sangre, matarán a los profetas.

Y cuánto necesitamos a los hombres y mujeres que profetizan. En una hora donde crece la sequía de lo transcendente y de lo divino; en un tiempo donde tantos hijos de Dios están crucificados por el hambre, la explotación, la injusticia, la pena y la desesperanza, sólo las voces proféticas pueden decir algo transparente, creíble, que deje herida en el corazón de la gente. Si nos faltaran los profetas, el testimonio de los cristianos sería opaco; su voz, rutinaria e inexpresiva; sus actividades, infecundas y frustrantes. Cuando nos asomamos a los medios de comunicación social, ¿cuáles son las voces y rostros de hombres y mujeres de Iglesia que suscitan interés, que son escuchados, que suscitan preguntas en todos? Porque es bueno poner ejemplos, y para no ser partidista, me remito a unos premios que gozan de aceptación universal. Martini, Nics ungidos por el Espíritu Santo son profetas. “No apaguéis al Espíritu”, advierte San Pablo. 

Creo que será bueno acabar con una digresión que, a lo mejor, no lo es tanto. Necesitamos profetas también fuera de las Iglesias. Siempre me ha llamado la atención la figura de Nelson Mandela. En medio de tanto odio secular entre blancos y negros, él plantó la bandera de la concordia. ¿Por qué no pedir a Dios unos profetas cuya voz y testimonio abran un camino de solución a problemas endémicos; por ejemplo, el terrorismo y el fondo social y político que en él subyace?

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