Comentario al Evangelio del

Ciudad Redonda

Queridos hermanos:

Ojalá siempre y en todo lugar, pudiéramos repetir las palabras de San Pablo: Yo no me avergüenzo del Evangelio. Sería buena señal, si al repasar al final del día nuestra jornada, vemos que el Evangelio nos ha acompañado, y en ningún momento lo hemos dejado aparcado. Porque es fácil prestar atención a las cosas que nos llaman más la atención, lo urgente, lo que nos apremia, y dejar de lado lo importante. Primer punto para la reflexión, la calidad del tiempo que le dedicamos a Dios. 

Y siguiendo con Pablo, realmente no tienen disculpa, porque, conociendo a Dios, no le han dado la gloria y las gracias que Dios se merecía, al contrario, su razonar acabó en vaciedades, y su mente insensata se sumergió en tinieblas. Los que conocemos a Dios (supongo que habrá un pequeño número de personas que entren en esta página y no sean creyentes, pero la mayoría lo somos) muchas veces perdemos el tiempo en discusiones sobre el sexo de los ángeles. Hubo épocas en la Historia de la Iglesia en que por estas cosas se pegaban bofetadas por las calles, pero ahora hay que luchar por otras cosas. Dejemos de lado todo lo que no merece la pena, y hagamos patente, aunque sea de vez en cuando, la acción de gracias a Dios. Otro motivo para reflexionar hoy, nuestra capacidad de agradecimiento.

Atención al salmo, que da una muy buena clave para nuestra vida: El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra. Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Suena bien, ¿verdad? ¿Podríamos nosotros hacer algo así, proclamar la gloria de Dios, con nuestra vida? 

Te propongo, para terminar, que agarres un papel y un bolígrafo, cuando tengas un rato tranquilo, y le escribas a Dios, Padre Bueno, una carta de agradecimiento. Porque sí, porque hoy es hoy, porque muchas veces se nos olvida. No te dé vergüenza. Seguro que, si puedes hacerlo, el Evangelio tampoco se avergonzará de ti.

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