Comentario al Evangelio del

Ciudadredonda

En el seno y desde la fe

Era una mujer del pueblo. Suponemos que no abundaba en sabiduría humana; tampoco tuvo rubor o vergüenza. Así lo sentía y así lo dijo. “En voz alta”, sobre la multitud: “Feliz el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron”.

Si nos metemos en la escena, nos anima el coraje, la valentía, el fervor de esta mujer. Ella quedó seducida, arrebatada por las palabras de Jesús, que hablaba con autoridad. De igual manera, los signos de Jesús remitían a la grandeza del personaje, todavía no perfectamente conocido. La integridad y santidad  del Maestro hacían lo demás.

Para aquel pueblo la gloria de la mujer era su maternidad. Y Jesús no rebaja esta gloria, pero apunta a lo más perfecto: “Felices los que escuchan la Palabra de Dios y la guardan”. Estaba diciendo que en su madre se cumplía esta felicidad, que la Virgen era la “tierra buena” que se abre a la siembra de la Palabra.

Está el plano del vientre y de los senos. Está el plano de la escucha, la guarda y cumplimiento de la voluntad divina. Los dos se juntan en María. Proclama: “He aquí la esclava del Señor” y, en seguida, “El Verbo se hizo carne” en su vientre.

Pero primero fue la fe, la docilidad a lo que Dios quería de ella. Nos lo enseña San Agustín: “María concibió a Jesús antes en su corazón que en su vientre”.

Es interesante señalar que aquella fe discurría siempre en la dificultad, en la oscuridad. ¿Qué significaban aquellas palabras de Simeón: “Una espada te traspasará el corazón”? Tampoco estaba claro por qué tanta persecución a su hijo, tan bueno, hasta llevarlo a la muerte. Pero María “estaba” de pie, junto a la cruz.

Jesús deja claro que su Madre es más bienaventurada por ser su primera y mejor discípula que por su maternidad biológica. Si María era la madre del Verbo, de la Palabra, ¿quién mejor que ella podía escuchar los latidos de la Palabra y cumplirla de la mejor manera?

Todo hace que en María converjan los títulos de Madre y discípula de Jesús; de madre y hermana nuestra, como criatura; de miembro y Madre de la Iglesia.

Y con María, tantos hijos de María, también guardadores de la Palabra. Hoy celebra la Iglesia la fiesta de Daniel Comboni, fundador de los religiosos combonianos. Es un paradigma de cómo una familia religiosa se funda no en la carne sino en las ganas de servir el Reino. Comboni fue un luchador contra la esclavitud en África y plantó una Iglesia floreciente. Contra toda prudencia humana, lo primero que hizo, siendo obispo, fue ordenar al primer sacerdote africano: era un antiguo esclavo liberado por él.

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