Comentario al Evangelio del

Ciudadredonda

Las señales del Reino

Este es el hecho tantas veces repetido. Jesús expulsa los demonios, cura a un hombre, sana a un mudo que comienza a hablar.

Qué distintas las reacciones del corazón humano ante el milagro. La gente quedó maravillada. Otros, en cambio, le tendían trampas, pidiendo señales del cielo y afirmaban que Jesús expulsaba los demonios por el poder de Belcebú, príncipe de los demonios. Como no podían negar la acción, la atribuyen a Satán.

Se les hacía  duro tener que reconocer el origen y la misión de Jesús. Precisamente hoy está Abrahán en el santoral. Comienza San Mateo su Evangelio: “Genealogía de Jesús, el Mesías, Hijo de David, Hijo de Abrahán”. Abrahán es el hombre que, por fe, se pone en camino hacia lo desconocido; peregrino en la inseguridad y la incertidumbre; probado por Dios hasta en el sacrificio del hijo. Por eso, es padre de los creyentes y es modelo de esperanza en la dificultad. Qué misterio: unos, ni ante las pruebas evidentes; otros, creyentes incluso en la oscuridad de la fe.

Jesús pasó haciendo el bien. Quiere liberarnos del dolor, del mal, del pecado, de toda esclavitud. Ha venido para que tengamos vida y la tengamos abundante.

Y lo hace, siempre, porque Dios está en él. “Yo hago siempre lo que le agrada a mi Padre del cielo”. Jesús es “Sacramento del encuentro del hombre con Dios”. El dedo de Dios está aquí.

Estos signos de lucha contra el mal son señales de que el Reino de Dios está entre nosotros. A veces, ante tantas atrocidades, nos cuesta reconocerlo, y nos rebelamos. Pero hemos de llamarnos a la esperanza.

A la lucha contra el sufrimiento de los hombres, como Jesús. Es cierto que, cuando llega, el sufrimiento puede ser momento de grandeza de ánimo y santidad. Pero, a la vez que llevamos nuestra cruz, hemos de trabajar para que desaparezcan las cruces de los otros. Vemos la mano de Dios en los médicos, en los profesionales que se afanan por el bien de los demás, en los hombres que están cerca de los que sufren por cualquier motivo.

Algunos preguntaban: ¿Dónde estaba Dios cuando se mataba en el campo de concentración de Auswich? Y la respuesta era: Dios estaba allí sufriendo con aquellos que eran llevados a la muerte.

En todo caso, aprendamos de la escena del Evangelio. Ante una curación, en lugar de dar gracias, los de corazón torcido lo atribuían al demonio. Y es que cuando tenemos manchado el corazón por la envidia, por los rencores, por lo que sea, no sabemos apreciar cuanto de bueno, de noble, atesora el corazón del otro. Bienaventurados los sencillos de corazón.

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