Comentario al Evangelio del

Ciudad Redonda

Queridos hermanos:

Cuando nuestro evangelista, tres capítulos más atrás, narra la elección de los Doce por Jesús, dice que les dio el nombre de “apóstoles”; estamos muy familiarizados con esta palabra, para nosotros simple sustantivo, pero para los lectores originario del evangelio era un “sustantivo verbal”, derivado del verbo griego “apostellein”, que significa enviar.

Hoy nos encontramos con una de las varias narraciones de envío, de misión, que ofrece la tradición evangélica. Se nos ha transmitido de modo que refleje una idea fundamental: los enviados prolongan la actividad misma de Jesús, que consistía en anunciar la Buena Noticia, el Reino de Dios, y realizar acciones benéficas que visualizasen la presencia de ese Reino. El evangelista, ha querido dejar claro que esa es la tarea de los discípulos de Jesús de todas las épocas: prolongar su acción, actualizar su presencia.

Llama poderosamente la atención la normativa espartana que se impone a los enviados. Van completamente desprovistos e inermes. Tienen que demostrar que ellos no poseen poder alguno, sino que lo que por medio de ellos pueda suceder es obra de Dios mismo que establece su presencia salvadora en el mundo.

En la época de Jesús y del evangelista todo el que se desplazaba de un lugar a otro llevaba un bastón, que era instrumento de defensa contra animales salvajes o contra salteadores de caminos; pero los enviados de Jesús son anunciadores del Dios de la paz, han aprendido lo de perdonar y hasta poner la otra mejilla; por eso no pueden ir protegidos ni siquiera mínimamente armados.

No se les permite llevar comida, ni ropa de repuesto, ni dinero con que adquirir vestido o alimento; sería una contradicción en quienes anuncian al Dios providente, que cuida de los pájaros y de los lirios, y mucho más, naturalmente, de sus hijos. En definitiva, los enviados de Jesús no necesitan pronunciar muchas palabras, pues su mero aspecto exterior es ya una predicación.

También los creyentes de hoy estamos llamados a prolongar la obra de Jesús y a ser sus testigos. Aquellos de primera hora supieron incorporar su fe, el contenido de su mensaje, a sus propias personas, incluso a su porte exterior. No se puede imitar de forma literal y fundamentalista lo que ellos hicieron; la mera extravagancia diría poco o nada a nuestros contemporáneos. Pero todos quedamos emplazados a poner a contribución nuestra inventiva, a saber llevar hoy una forma de vida que testifique hacia el exterior de forma inconfundible lo que hay en nuestro corazón.

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