Comentario al Evangelio del

Ciudadredonda

Tenemos una misión

Hoy celebramos una advocación mariana muy querida del pueblo cristiano. Los textos bíblicos no hablan de cuándo ni dónde ni de quiénes nació María, pero lo que no dice el texto sagrado, lo suple la devoción y tradición de los cristianos. Y bajo esta advocación mariana de la Natividad de María muchos pueblos celebran sus fiestas patronales, sobre todo en España.

No nos resignamos a no decir nada de algo tan entrañable como el nacimiento de una persona tan importante. Y la liturgia nos invita a recordar y vivir aquel día en que María como aurora luciente brilló en el firmamento de la historia anunciando al Sol que nos traía la salvación, su hijo Jesús. Toda la grandeza de María proviene del Hijo que Dios le regaló. Y al Hijo directamente se refieren los textos que nos propone la liturgia.

La profecía de Miqueas anuncia la grandeza de Belén, porque en este pequeño pueblo nacerá Jesús.

El texto de Mateo se centra en la cadena de generaciones cuyo último eslabón no es un personaje más, sino el único, definitivo y extraordinario hijo nacido de una “virgen”. La maternidad de María no es  obra de José sino del Espíritu Santo.

El conflicto íntimo que surge en José tiene en el evangelio de Mateo un sentido muy profundo: se siente perplejo y desconcertado ante el embarazo de su prometida esposa y lleno de temor reverencial ante un misterio que le desborda. La instintiva reacción de huida ante la presencia del misterio de Dios es una constante en los relatos de vocación de todos los grandes personajes del antigua Testamento. Y esto es probablemente lo que el evangelista quiere contarnos a través del drama humano de su relato: la “vocación” de José como padre al servicio del misterio de la salvación.

La participación de María y José en los planes de Dios es diversa. La misión de María consiste en tener a ese hijo y ser la madre de Jesús. La misión de José es “ponerle nombre”.

Todos tenemos nuestra misión que cumplir en el plan de Dios. El nacimiento de María nos llena de alegría y de confianza, pues las obras de Dios siempre tienen comienzos y medios humildes y no siempre fáciles de comprender.

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