Comentario al Evangelio del

Ciudadredonda

Queridos hermanos:

Durante cuatro días consecutivos resuena en la lectura continua un duro alegato contra los fariseos. Comenzó ya anteayer, sábado; mañana comentaremos un punto del evangelio correspondiente; pasado mañana se omite la lectura continua, pues prevalece el relato del martirio del Bautista. Hoy, segundo día de esta breve secuencia, contextuamos históricamente el pasaje y hacemos unos apuntes válidos para nosotros.

Diversos autores sitúan hacia el año 85 de nuestra era la redacción final del evangelio de Mateo. El año 70 las tropas de Tito, después de cercar Jerusalén, incendian la ciudad y su Templo. Hasta ese tiempo, el judaísmo tenía un rostro nada uniforme, e incluso fragmentado: los habitantes de Judea despreciaban a los galileos, y tiempo atrás se había roto su comunión con los heterodoxos samaritanos; saduceos, herodianos, celotas, fariseos y escribas estaban enfrentados entre sí. Después de la destrucción del Templo cambia el panorama: es la tendencia farisea la que se impone. La tensión entre esta tendencia y los cristianos de Palestina degenera en excomunión de los últimos. El capítulo 23 de Mateo refleja este conflicto: en labios de Jesús aparece la diatriba cristiana contra letrados y fariseos.

Ya en el discurso del Monte se denuncian en términos generales las deficiencias del fariseísmo; ahora se hace fuego contra ellos con toda una batería de acusaciones, en la que se percibe nítidamente la propensión a convertir el adversario en enemigo. Podríamos examinar en qué medida cedemos nosotros a esa misma inclinación en nuestras valoraciones de “los de fuera” o “los de enfrente” y averiguar si reconocemos en ellos algún rasgo digno de aprecio.

La relación de la Iglesias católica con el judaísmo ha conocido un cambio a partir del Vaticano II, sin que deban olvidarse ciertos precedentes. Si en Mateo prepondera la presentación de la comunidad cristiana como el verdadero Israel (¡piénsese en la parábola de los viñadores homicidas!), nosotros entendemos ahora la Iglesia como el Israel definitivo de Dios, a la vez que afirmamos con Pablo y los últimos papas que los dones de Dios son irrevocables y declaramos que Israel es nuestro hermano mayor. Lo reflejaba ya una anécdota del que sería papa Juan XXIII cuando era nuncio en París. En una recepción, el rabino le cedía el paso a él, y él al rabino. El nuncio Roncalli zanjó aquel certamen de cortesías con estas palabras: “primero, el Antiguo Testamento”; en nuestros días habría dicho: “primero, el Primer Testamento”.

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