Comentario al Evangelio del

Ciudadredonda

Queridos hermanos:

Hoy recordamos a Edith Stein , filósofa, pensadora judía convertida al cristianismo y carmelita descalza a la hora de morir en la cámara de gas de Auschwitz, sin dejar que su nueva “condición” carmelitana le evitara lo que su hermana Rosa, sus amigos y tantos otros iban a vivir. Posiblemente no lo hizo por simple solidaridad ni siquiera por coherencia personal; que ya es mucho. Quizá entendió muy bien el evangelio que hoy leemos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma… hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados… No tengáis miedo…

Repensar su historia y su camino pueden ayudarnos a todos. Su grandeza no está solo en su muerte, sino en su vida, como ocurre con el mismo Jesús. Edith decide a los 15 años dejar de rezar pues cuanto más lee, reflexiona y aprende, más imposible le parece que pueda existir un Dios personal, a pesar del gran testimonio creyente que ve en su madre. Estudia fenomenología con Husserl, trabaja en la I Guerra Mundial como enfermera, consigue el doctorado “summa cum laude”, nunca deja de preguntarse y de buscar sinceramente la verdad, aprende con Max Scheler a mirar las cosas sin prejuicios ni barreras… Una tarde de verano lee casualmente la autobiografía de Teresa de Ávila y se convierte al cristianismo; siente que por fin, su búsqueda ha terminado. Dios mismo es la Verdad y el Amor que buscaba, no como un ser abstracto sino como Alguien personal, con nombre propio: Jesús. Ella misma dirá más tarde: mi búsqueda de la verdad era ya una oración. Con 43 años profesa como carmelita descalza, gozosa y enamorada de la bendición que nace de la Cruz de Cristo. De ahí el nuevo nombre que escogió.

Su ateismo, como fue luego su cristianismo, no es fanático ni condena a los otros; simplemente lo vive con honestidad radical y desde ahí camina. Mujer del siglo XX, escritora de fenomenología, psicología y humanidades; lectora de Kierkegaard y también del Nuevo Testamento o de los Ejercicios espirituales de Ignacio. Encarna el diálogo intercultural y religioso tan necesario en nuestro tiempo. Es la misma mujer que escribió años atrás:
"¡Que la mujer tiene capacidad para ejercer otras profesiones aparte de la de esposa y madre, sólo lo ha podido negar quien está ‘ciego’ frente a la realidad! Ninguna mujer es sólo mujer: cada una tiene sus propias inclinaciones y los propios talentos naturales, como los hombres. Y estos talentos la capacitan para las distintas profesiones de carácter artístico, científico, técnico. La disposición individual puede orientar preferentemente hacia cualquier campo, incluso hacia los que parecen de por sí más lejanos de las características femeninas. [...] Pero si se quiere hablar de estas cosas en el sentido pleno del término, tienen que ser profesiones cuyos deberes objetivos sean compatibles con las características particulares de la feminidad."

Es la misma mujer “pensadora, mística y mártir” como decía Juan Pablo II al nombrarla copatrona de Europa, que rompe con los tópicos de una vida monástica y religiosa sólo para gente apocada, miedosa, ingenua, resignada, ajena al mundo… Todo lo contrario. Una mujer que supo, al conocer a Cristo, que no hay lugar para el miedo y que toda búsqueda sincera no será nunca en balde.

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