Comentario al Evangelio del

Enrique Martínez, cmf

¡PUES NO SE HUNDE!

El miedo llamó a mi puerta.
La fe fue a abrir.
No había nadie.  (M Luther King)

Jesús subió a la barca. Aunque la barca pueda tener su simbolismo en el Evangelio, en primer lugar es una barca, el «lugar» donde habitualmente están los pescadores, una parte importante de su vida cotidiana. Le gusta a Jesús estar donde está la gente, y compartir con ellos su tiempo, sus preocupaciones, incluso sus riesgos. Otras veces andará entre los campos, con los sembradores, o se sentará a ver cómo una mujer prepara el pan, o barre su casa...

Podríamos decir hoy: Jesús se metió en la fábrica, en el sindicato, se subió al avión, se dio un paseo por los astilleros, se sentó a charlar con los jóvenes que estaban de botellón, se metió en un campamento de refugiados, se acercó a la orilla donde llegan las pateras, se dio una vuelta por la salida del colegio cuando terminaban las clases, se fue a tomar unas cañas con unos abuelos, se puso de conversación con un grupo de gays...

Es curioso que no dice el Evangelio que se fuera a acompañar a los discípulos cuando iban de pesca, sino que son los discípulos los que le siguen a él.  Es Jesús quien ha decidido «meterse» en la barca. Y ellos le siguen.  Esta palabra «seguimiento» es importante en todo el Evangelio, y en particular aquí, después de que Jesús ha hecho algunas llamadas y ha explicado a sus «seguidores» en qué consiste esto de «seguirle».  Y parece que Jesús quisiera hacerles caer en la cuenta de que tienen que ir con él a donde suele estar la gente.  O si se prefiere: los discípulos son aquellos que siguen a Jesús a donde a él le gusta meterse: en la vida cotidiana y en los lagos/lugares «difíciles». ¿Y qué le pasa al que sigue a Jesús «así»?

De pronto se levanta una tempestad, se alborota el mar.  Decía Rilke: "nunca estamos del todo en nuestra casa en este mundo que creemos haber dominado". ¡La tempestad es compañía obligada de la travesía humana!  Pero lo es mucho más de la pequeña comunidad cristiana, del discípulo. Porque cuando uno se mete en ciertos «lagos», lo normal es que pueda «salpicarte» en mayor o menor medida. Quien frecuenta ciertas compañías, se arriesga a tener problemas: los mismos que tienen muchos hermanos todos los días.  No: ser discípulo detrás de Jesús no es nada fácil.

Y aparece el miedo: ¿y ahora qué? ¿quién nos mandaría embarcarnos, con lo bien que se estaba en la orilla? El miedo parece ser la reacción «normal» de los discípulos, y la sensación de que «esto se hunde». Recuerdo una canción de Ismael Serrano:

Vio y sintió la noche del planeta y su desastre,
tuvo miedo y decidió no salir a la calle.
Y ahí lo tienes encerrado en casa,
temblando como un niño,
sellando las ventanas,
para no ver, ni escuchar,
sentir, notar la vida estallando fuera.

No querer saber de las «noches», no querer salir a la calle, encerrarse en el pequeño grupo, ponerse a la defensiva,  sellar puertas y ventanas para no ver, ni escuchar, ni sentir... nos ha hecho siempre mucho daño a la Iglesia.  Cuánta falta nos hacen los Juan XIII abriendo puertas y ventanas para que entre la luz y el aire fresco... y cuánto nos sobran los que se empeñan en poner cerrojos, contraventanas, trancas y demás para evitar que nos molesten los temporales.

Ante semejante tentación, viene el reproche de Jesús: ¡Qué cobardes, y desconfiados sois!  Precisamente porque lo que distingue al discípulo de Jesús y su vida difícil del resto de los hombres es la fe que les permite la valentía y la confianza en medio de la tormenta, aunque parezca que el Señor está dormido y que no hace nada. El discípulo gritará su oración: ¡Señor, sálvanos!  Y cuando a él le parezca, llegará la calma perfecta.  En todo caso, después de aquel terremoto del Gólgota (Mt 27, 50), el discípulo sabe que está salvado. Por eso el miedo, la cobardía, el quedarse «seguros» en la orilla, el creer que «esto se hunde» o que no tiene salida... no es sino desconfianza, falta de fe...

Enrique Martínez, cmf

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