Comentario al Evangelio del

Edgardo Guzmán, cmf

Queridos amigos y amigas:

Dice el refrán popular que «No hay peor ciego que el que no quiere ver». Podríamos decir, a la luz del Evangelio de este día, que no hay peor creyente que el que no reconoce la acción salvadora de Dios y pide signos extraordinarios para creer en su presencia. Si hay algo que le duele a Jesús es ver cómo muchos de sus contemporáneos estaban cerrados para captar la implicación compasiva del Dios de la misericordia que ha venido para sanar, para aliviar el sufrimiento, para redimir de las fuerzas del mal.

La presencia del Reino de Dios se descubre como una acción liberadora de todo lo que nos impide vivir en plenitud. Jesús al devolverle el habla al hombre mudo lo reincorpora a la vida social, le restituye un aspecto primordial para nuestras relaciones humanas, la capacidad de hablar para poderse comunicar. Lo más propio y característico del ser humano, lo que lo distingue del resto de la creación, es poder expresar lo piensa, lo que siente, lo que hace. Cuando estamos imposibilitados para comunicarnos nuestra existencia esta mutilada.

En el inmenso mar de las redes sociales de nuestro tiempo corremos el riesgo de la despersonalización, de quedarnos sin voz, de disolvernos en medio de la masa. Se nos imponen muchas cosas, pero sobre todo nos quitan la palabra, nos enmudecen y, por más que se promulgue la libertad de expresión son cientos los que están sin voz. Pensemos en los migrantes, en los refugiados, en los que son perseguidos, en los ancianos que están solos en una residencia de mayores, en los pobres de nuestra tierra. Los que no tienen voz en «las periferias existenciales». A millones de personas se les condena al silencio por muy fuerte que sea su grito de dolor.

¿Cómo notar la acción del dedo de Dios en nuestras vidas? ¿Somos capaces de reconocer que el Reino está presente en nuestra historia? ¿Percibimos que Dios camina en medio de su pueblo? Roguemos al Señor que ilumine nuestro corazón para tener la lucidez de descubrir los demonios que amenazan nuestras vidas y que no nos dejan vivir con felicidad.

Su hermano en la fe,
Edgardo Guzmán, cmf.

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