Comentario al Evangelio del

Julio César Rioja, cmf

Queridos hermanos:

El agua nos habla de vida, sobre todo si vivimos en un lugar desértico, nos lo recuerda la primera lectura del Éxodo: “En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados? Clamó Moisés al Señor y le dijo: ¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen”. Por el agua nos vamos a pelear en el futuro, bueno ya estamos en ello, discutiendo sobre trasvases y otras cosas.

Es la sed, la que reúne junto al pozo, a Jesús y la mujer Samaritana, la que le lleva a decir: “dame de beber”, a romper con la norma social, de no hablar con una mujer a solas en la calle (Juan ya se encarga de explicarnos que estaba solo y cansado del camino). La mujer sorprendida le responde: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”. Empieza la catequesis o si queréis el acompañamiento: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice dame de beber, le pedirías tú y él te daría agua viva”. La samaritana tira de ironía: “Si no tienes cubo y el pozo es hondo”. ¿Pero de qué sed hablamos?

“El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré, se convertirá dentro de él, en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. La mujer le dice: Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Jesús habla de una agua y sed interior, la que sacia el corazón humano, la que surge de dentro como un surtidor, pero la mujer como nosotros, estaba tan segura de sí misma, o quizás como veremos después, tan insegura, que no puede captarlo, busca lo práctico: “No tendré que venir aquí a sacarla”.

El Maestro no desiste, para poder seguir la conversación la dice: “Anda, llama a tu marido y vuelve. La mujer le contesta: No tengo marido. Jesús le dice: Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”. Estamos en el primer paso: la sinceridad, el no mentirse así mismo, el no tener miedo a nuestra propia verdad. Por eso Jesús le dice que tiene razón, es verdad, parece estar tocando lo más íntimo de su corazón. Ella dirá: “Señor, veo que tú eres un profeta”. Va subiendo el tono de la conversación.

Se plantea ahora el tema que divide a los judíos y samaritanos, ¿dónde hay que adorar a Dios?, en este monte o en Jerusalén. La respuesta de Jesús, sigue siendo actual hoy, “Ni en este monte ni en Jerusalén, en espíritu y en verdad”, cuantas guerras y luchas se habrían  evitado, si esto se hubiera entendido. Esta manera de entender el culto y la liturgia, nos debería haber hecho más cercanos a las personas, pues como diría San Pablo: “Nuestro cuerpo es el templo vivo de Dios” (1 Cor 6,19). Nuestras celebraciones no se basan en las formas externas, sino en la entrega, sin cuerpo-pan compartido, sin sangre derramada, no hay Eucaristía. La samaritana reconoce ahora: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo: cuando venga él nos lo dirá todo. Jesús le dice: Soy yo: el que habla contigo”. Estamos en el segundo paso: proclamamos la fe.

“La mujer, entonces, dejó el cántaro (pero no había venido a por agua), se fue al pueblo y dijo a la gente”, Llegamos al último y tercer paso: comunicamos lo que nos ha pasado, lo que hemos encontrado, somos misioneros. Hemos venido buscando una cosa y encontramos otra, dejemos tantos cántaros que no sirven para nada, es preciso encontrarse con Jesús, beber de su agua viva, profundizar en el pozo de nuestra vida y comunicar la alegría de habernos encontrado, con el que nos desnuda de nuestros conformismos y rutinas. Si hemos charlado con Jesús junto al manantial de Sicar, en la Eucaristía, corramos a anunciar: “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será éste el Mesías?”. Ya sabemos los pasos a dar: ¿Podemos comenzar?

PD: Este domingo 19, coincide con la fiesta de San José, Día del Seminario y de los padres. Pidamos por los futuros sacerdotes y los que tienen la responsabilidad de la educación de sus hijos.  

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