Comentario al Evangelio del

Juan Lozano, cmf

Querido amigo/a:

Poco nos falta para comenzar el tiempo de Cuaresma, apenas dos días. De nuevo, este tiempo litúrgico nos ofrece un espacio, un kairós, un tiempo de gracia para renovarnos íntegramente, eso es lo que pretende la conversión: una renovación. Una renovación que afecta a todas las dimensiones de nuestro ser y que realizamos volviendo la mirada a nuestro Dios, ordenando nuestros afectos desordenados y reencontrando la bondad. Se trata de un entrenamiento de alta intensidad en oración y obras de amor que nos ayuda a salir de nuestros egoísmos. Un tiempo de crecimiento.

Las lecturas de este lunes sintetizan muy bien el camino cuaresmal que vamos a comenzar. Por un lado, el libro del Eclesiástico en el capítulo diecisiete, nos recuerda que Dios no desoye ni abandona a ninguno de sus hijos e hijas que se arrepienten; el motivo: Él es misericordioso y su perdón es grande para quienes vuelven a Él. El arrepentimiento implica varias cosas: reconocer el pecado y la injusticia -a veces es lo que más nos cuesta-, abandonarlos, detestar la idolatría y suplicar al Señor desde el corazón. El verdadero arrepentimiento tiene que nacer del corazón, en ocasiones siento que me arrepiento porque lo quiere la razón e intenta convencer al corazón…y ese no es de verdad, se queda a medias. “Retorna al Señor”, “apártate de la injusticia, “reza ante su rostro”, podemos leer en este pasaje del libro.

Por otro, el pasaje del joven rico nos recuerda que el camino de la fe no se limita al cumplimiento de las normas y a obedecer los mandamientos y los preceptos establecidos, sino que va más allá. Jesucristo, a quien seguimos, nos llama a darlo todo, especialmente a liberarnos de las esclavitudes que nos impiden ser en plenitud. En el caso del joven, su atadura era el dinero. En el nuestro… cada uno sabemos que esclavitudes tiene nuestro corazón secuestrado, lejos de Dios. La fe es un camino de liberación y todos tenemos que purgar y soltar los lastres que encadenan nuestra vida. Por aquí va la Cuaresma, el camino de conversión.

Jesús invita, no reprende, por eso miró al joven con cariño, no con odio. Mirando al Señor recordamos que la exigencia no se riñe con la ternura, que el camino de crecimiento espiritual no es una ascesis de amargura, sino un despojarse por amor. Preparémonos para recorrer este camino con amor e intensidad y vayamos pensando en la oración de hoy qué es lo que cada uno de nosotros tenemos que “vender”, soltar, para ser más libres en el Señor.

Vuestro hermano en la fe. 
Juan Lozano, cmf.

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