Comentario al Evangelio del

Julio César Rioja, cmf

Queridos hermanos:

Seguimos este domingo con el capítulo cinco de San Mateo y en el contexto con el que empezó, las Bienaventuranzas, hoy se termina, con lo que algunos han llamado, las locuras de Jesús. La dinámica es la misma: “Habéis oído que se dijo. Pero yo os digo”. Podríamos jugar a este juego, cuáles son las frases que comúnmente usa o usamos la gente y cuáles usaría el Evangelio. Pongamos algunos ejemplos: se saca más pidiendo que dando; primero los nacionales, después los extranjeros; cuanto más pones, más pierdes; hecha la ley, hecha la trampa;… Añadir cada uno las más populares en vuestros ambientes, e intentemos pasarlas después, por el filtro de las palabras de Jesús.

En aquel tiempo y quizás hasta hoy, uno de esos dichos era: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero Él nos dice: “No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas”. Menudo panorama, poner la otra mejilla, entregar el manto, caminar dos millas, dar prestado, estos verbos en nuestra sociedad no se conjugan, llevarlos a la práctica es una tontería. El texto es una exageración, no cabe otra cosa.

Está bien ser realistas, pero la primera lectura del Levítico, nos recuerda: “Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”. Estamos llamados a vivir en la humildad, de aquellos que parecen débiles, pero son los más fuertes. Cuando todos damos demasiada importancia a nuestros derechos, no hacer frente al que nos agravia, recibir bofetadas, compartir, dar, prestar, es como nos dice San Pablo en la segunda lectura a los Corintios: “Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio”. La sabiduría consiste en ser compasivos y misericordiosos, no en la venganza, sino en la mansedumbre, como nos decían las Bienaventuranzas.

Pero el juego sigue: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos”. Increíble, es el culmen, amar y rezar por los enemigos, pero no decimos que “al enemigo ni agua”, cómo le puede llegar la lluvia y el sol. Identificar a los enemigos a nivel personal o social, es la causa de muchas de nuestras guerras y enemistades, creadas en ocasiones por la influencia de los medios y el ambiente. Perdonar: “Perdónales porque no saben lo que hacen”, es la esencia de nuestro ser creyentes.

Lleguemos hasta el final: “Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Aquí se resume todo el capítulo y la vida cristiana,  pues se recoge lo que dice el Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” y lo que comunica San Pablo a los Corintios: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: y ese templo sois vosotros”.

Las personas, el prójimo, son y somos templo de Dios, desde esta perspectiva se puede entender toda esta Palabra. Es volver al Génesis: “Nos hizo a su imagen y semejanza”, a la santidad primera, y ésta es una tarea para toda la vida. Pidamos al Señor, que nos conceda mirar con otros ojos, entrar en la dinámica (Juego), de cambiar esas expresiones que usamos y que no son muy cristianas, introducir en la vida cotidiana los valores, que en todos estos domingos, nos ha trasmitido San Mateo, desde estas páginas evangélicas.