Comentario al Evangelio del

Julio Corredor Sáenz, cmf

Apreciados amigos y amigas de la Palabra hecha Vida:

Las palabras que Jesús nos dice hoy de salvar y perder la vida no hacen otra cosa que infundir ansiedad en nuestra mente si no pensamos más que en el dolor y la pérdida. Pero eso no es todo. El seguimiento de Jesús tiene exigencias concretas y radicales. Seguirlo no es una cuestión fácil. Tampoco es “una moda”. Seguir a Jesús, es asumir su causa, integrar su proyecto, es estar dispuesto a ir en contra de las “buenas propuestas” de este mundo de consumo, exclusión y marginación.

Las palabras de Jesús tenían que oírse como el restallido de un latigazo en quienes le escuchaban. La cruz era el emblema abominado y abominable tanto para romanos como judíos. Para los unos era el símbolo mismo de la ignominia que sólo podían merecer los esclavos rebeldes; para los otros, el espanto de una muerte atroz y la señal de la garra implacable del águila imperial de Roma. Jesús toma ese signo detestable, casi repugnante, y lo asocia con la vida de sus discípulos. ¿Por qué?

Porque trata de mostrar que el evangelio conlleva pérdidas y no de cualquier orden: pérdidas radicales. Esto es algo que podía no ser obvio a quienes veían cómo este profeta maravilloso, este Jesús de Nazaret sanaba toda clase de enfermedades y expulsaba todo tipo de demonios. Nada parecía quedarle grande y nada parecía costar demasiado trabajo. Todo parecía ganancia y no se veían las pérdidas. Pues bien, este profeta portentoso en obras nos quiere bien despiertos con sus palabras. Y nos advierte que no todo es ganancia; que hay un precio, y es tan alto como la propia vida.

No se trata de que estemos "comprando" la salvación sino de que la condición misma de salvados es algo dinámico, algo que ha de realizarse más de una vez, o por mejor decir, de un modo continuo. La vida "salvada" es una vida de continuo "ofrecida," y ello entraña una actitud de permanente gracia, gratuidad y gratitud. El discípulo no es el que disfruta de una vida sin problemas sino el que puede hacer de su vida y de sus problemas algo nuevo y fecundo, algo significativo y hermoso, algo entrañable y cargado de amor y sentido.

El gran problema del cristianismo, de todos los tiempos, es bajar la intensidad a la exigencia del seguimiento de Jesús, volviéndolo una realidad intelectual o una cuestión de carácter espiritual. Seguir a Jesús, es “negarse a sí mismo” y “cargar con su cruz”. Lo más complicado del asunto es que los cristianos, por lo general, nos acercamos a la vida de oración con la intención que Dios nos libre de todas las cruces. Y Jesús dice totalmente lo contrario. Pide asumir “la causa” con todas sus consecuencias.

¿Estamos dispuestos a vivir la radicalidad del seguimiento de Jesús? ¿Somos conscientes que la experiencia de adhesión a la persona de Jesús tiene implicaciones existenciales profundas? Ser cristiano no consiste en librarnos de problemas, sino en asumir un problema mayor.

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