Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos hermanos:

El rito “Effatha” (así nos ha llegado la transcripción griega del arameo hithpetah), aunque es opcional en la administración del bautismo, está lleno de significado. A un Dios que se nos ha hecho Palabra, e incluso Palabra encarnada, hay que escucharle y hay que responderle. La apertura de los oídos significa obediencia (“habla, que tu siervo escucha”: 1Sam 3,9), y la de los labios designa confianza (“inclina el oído y escúchame”: Salmo 86,1). El bautizado se dispone a vivir en comunión con su Dios, y la palabra, pronunciada y escuchada, será el gran medio de cultivar esa relación amistosa.

Hoy nosotros vamos a prestar oído especialmente a la narración del Génesis. Nos es muy conocida y hasta podríamos recitarla de memoria. Pero, ¿estamos seguros de captar toda su profundidad? Algo ciertamente resulta claro: la posibilidad de aceptación o de rechazo de Dios por parte nuestra, la actitud de fe o de no fe, de dejarnos guiar por Dios o de oponernos a su proyecto. San Pablo habla algunas veces de la “obediencia de la fe” (Rm 1,5; 16,26), expresión que la mejor exégesis entiende como genitivo explicativo (técnicamente lo llaman epexegético): la fe se traduce en obediencia (=ob-audiencia), es sencillamente obediencia, o bien, la obediencia demuestra la autenticidad de la fe. Quien cree, quien se fía de Dios, le escucha, le ob-audit, se deja llevar por él; no tiene recelo ni reticencias respecto de él, no le ve como contrincante a eliminar o desarmar, sino como aliado y amigo, de cuya presencia y compañía se puede gozar.

La narración bíblica del “pecado original” presenta al hombre engañado respecto de quién es Dios para él: alguien que le pondría prohibiciones, receloso de que pudiera privarle de su gloria. Para ello echa mano de mitologías extrabíblicas que depura y conduce a su campo. El hombre sería seducido por la serpiente, presente en el imaginario de muchas mitologías, a veces vista como un segundo dios, el del mal. Pero la biblia elimina todo residuo de dualismo, pues el temible áspid nunca está al nivel de Dios.

El contenido de los mitos es siempre antropológico. Parece que hablan de otras cosas, pero lo que abordan son problemas humanos. La carta de Santiago, al oponerse a quienes piensan que Dios tienta, no corrige tal pensamiento diciendo que quien tienta es el demonio; más bien, “cada uno es tentado por su propia concupiscencia, que le arrastra y le seduce” (Sant 1,15). Lo cantábamos hace algunas décadas: “dentro de cada uno hay un bien y hay un mal”. La serpiente podemos llevarla dentro; prestémonos atención.

Anteayer nos decía Jesús que solo lo que sale de su corazón puede manchar al hombre. Lo peor que nos podría salir de él sería el sentimiento de que Dios es un estorbo a nuestra libertad o nuestra felicidad. Y a veces, por influjos extraños, o por causas desconocidas, la imaginación o el sentimiento nos pueden traicionar. Ellos serían la serpiente, que debemos tener “a raya” para que no nos seduzca. Cuando el hombre intenta eliminar a Dios de su vida, o cree haberlo logrado, de pronto se encuentra “en cueros”.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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