Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos Hermanos:

En una hoja parroquial de hace medio siglo existía una sección de “consultorio moral”, en la que aparecían preguntas de la más variopinta casuística. No se me olvida una referente a si los caracoles son carne o pescado, es decir, si pueden comerse en viernes de cuaresma o no. Y no puedo evitar este recuerdo cada vez que me encuentro con el texto paulino “el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14,17).

San Pablo no coincidió con Jesús por los caminos de Palestina, pero estuvieron muy cercanos en su crítica a la superficialidad religiosa, las exterioridades y la casuística moral. Ni uno ni otro se hizo problema de la posible suciedad física (purificación de las manos) o de la distinción entre alimentos puros e impuros. Y la escuela paulina relacionó esa libertad con el mensaje del Génesis: “todo lo que Dios ha creado es buen, no hay que desechar nada, basta tomarlo con acción de gracias” (1Timoteo 4,4).   

¿Cuánto tiempo y energías habremos perdido los cristianos en disquisiciones bizantinas, sin consistencia ni sentido? En nuestras discusiones, a veces seculares, con hermanos de otras confesiones, sobre sutiles y refinadas formulaciones teológicas, ¿hemos cuidado los sentimientos del corazón, como Jesús pedía? Y cuando hemos rechazado a un sacerdote de la propia parroquia, o de la comunidad religiosa, a causa de una nimia “irregularidad” litúrgica, ¿hemos pensado dónde están los acentos del evangelio?  Jesús lo dijo magistralmente: “coláis el mosquito y os tragáis el camello” (Mt 23,24). Que Él nos ayude a poner nuestra atención en lo que se la merece.

Y no nos despidamos sin una nueva mirada al texto del Génesis que hemos leído. Sin entrar en profundidades metafísicas, el autor ha querido decirnos algo sobre la “naturaleza” del ser humano: está hecho de barro, es frágil como las demás criaturas, con las que vive en comunión; pero es superior a ellas porque lleva consigo el aliento de Dios, el “espíritu” de Dios. Por eso se lo declara señor y administrador de la creación. Quedan establecidas las claves del más sano ecologismo, el de la encíclica Laudato si’. El cosmos no debe esclavizarnos (“no adoréis a nadie, a nadie más que a Él”), pero tampoco nos es lícito esclavizarlo, abusar de él o destruirlo: Dios dispuso que el hombre “cuide” el jardín; le dejó como un administrador, que deberá rendir cuentas. Más que administrador, es hermano de las cosas (Francisco de Asís); deberá respetarlas y amarlas. 

Finalmente –alargando un poco la reflexión– el Génesis nos habla del misterioso fruto prohibido. Aquí en realidad se cambia de tema, y el autor echa mano de préstamos culturales extraños para afirmar una verdad elemental: el hombre no debe invadir el mundo de lo divino, sino admitir con sencillez y agradecimiento la presencia de Dios en su vida. La magia, brujería, adivinación, etc., tan seductoras en tiempos de dura y fría secularidad (¡!), son formas de hurgar irreverentemente en lo reservado a Dios. Nos toca adorarle, esquivando toda tentación de dominarle.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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