Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos Hermanos:

El autor del Génesis no conoció las inquietudes ecológicas de la encíclica Laudato Si’, ni mucho menos las extravagancias de “clorofílicos” modernos, que pierden el sueño por si se seca o desaparece una hierba de la tundra siberiana, pero son insensibles ante la existencia de lujosas clínicas abortistas.

Existen interpretaciones del Evangelio, y de la Biblia en general, llamadas “materialistas”. Con alguna reserva, me apunto a esa hermenéutica, que no es exhaustiva pero tiene un lado correcto. El Dios de los cristianos (y los judíos) es muy de este mundo, es Creador, amante de la belleza, de la materia, ¡hasta el punto de encarnarse él mismo!

Cuando se contempla el universo con los ojos del corazón, como hace el autor bíblico, se lo percibe como un gran templo. No es un caos amorfo, sino un conjunto lleno de harmonía. Como el templo de Jerusalén, tiene su bóveda, su decoración… Los astros marcan las fiestas, invitan a dar culto al Creador. ¡Cuánta razón tenían los santos que se entregaron a la oración en forma de inspiración poética!: “Loado seas, mi Señor, por el hermano sol; de ti, Altísimo, lleva significación” (S. Francisco de Asís). “Oh bosques y espesuras/ plantados por las manos del Amado; / oh prado de verduras/, de flores esmaltado/, decid si por vosotros ha pasado/. Mil gracias derramando/ pasó por estos sotos con presura… con sola su figura/, vestidos los dejó de su hermosura” (S. Juan de la Cruz).

No neguemos el interés a los conocimientos astronómicos, botánicos o atómicos; agradezcamos a Dios el don de la inteligencia y del progreso científico. Pero no perdamos de vista la otra dimensión, seguramente más cálida, más humana. Y contemplemos lo existente con los ojos de Dios: “Vio que todo era muy bueno”.

Misteriosamente el mal se introduce en la creación buena. Ahí están las catástrofes naturales, las enfermedades y la muerte, lo uno y lo otro originando indecible sufrimiento humano. No son lo proyectado por Dios, cuya gloria consiste en que el hombre viva (S. Ireneo, siglo II). Jesús aparece en el mundo como el restaurador -siquiera mediante pequeños signos- de una creación deteriorada.

En los evangelios encontramos tradición y redacción; el evangelista recoge y transmite hechos singulares, concretos (tradición), y de vez en cuando hace sus resúmenes (redacción). Hoy hemos escuchado uno de estos resúmenes generalizantes. En esa presentación de Jesús sanador, el autor no se propone principalmente recordarnos una historia (tan cierta que ni siquiera sus enemigos pudieron negarla, y la calificaron de magia), sino sobre todo definirle como fuente de vida e invitarnos a vivir “tocándole”.
Seamos, como él, restauradores de la hermosura creada, y sanadores de dolencias.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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