Comentario al Evangelio del

Carlos Latorre, cmf

Queridos amigos:

¿Cómo era la vida de las primeras comunidades cristianas que habían recibido la fe de los labios de los mismos apóstoles y discípulos de Jesús? Han pasado tantos años y tantas calamidades que fácilmente tendemos a imaginar  que aquellos hermanos en la fe vivían como ángeles. La lectura de la carta a los Hebreos de este día nos quita la venda de los ojos y nos hace oír los insultos y tormentos públicos que tuvieron que soportar. Y añade: “compartisteis el sufrimiento de los encarcelados, aceptasteis con alegría que os confiscaran los bienes”.

¿Cuál era el secreto de su fortaleza en tantas y tan duras pruebas? Su secreto era que vivían de una fe auténtica y verdadera. Y no se asustaban tan fácilmente. Eran valientes como en el mismo texto bíblico se reconoce: “nosotros no somos gente que se arredra para su perdición, sino hombres de fe para salvar el alma”.
Gracias a Dios sobre la fe de estos hermanos se apoya la nuestra, por eso les pedimos que nos cuiden, porque también ahora nos toca vivir tiempos difíciles.
El tema de evangelio de hoy es una enseñanza sobre cómo se desarrolla el reinado de Dios en esta tierra. Jesús, nuestro divino Maestro, nos explica con gran sabiduría que: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra… y la tierra va produciendo la cosecha ella sola”. Aquí se resalta la fuerza vital de la semilla, es decir, de la Palabra de Dios: crece progresivamente en el silencio, más allá de los éxitos y fracasos humanos, pues es Dios mismo quien la hace crecer. Pero esto no niega el esfuerzo humano, pues en la parábola se habla de la siembra y de la cosecha, que es el trabajo concreto que Dios ha confiado al agricultor.  Aunque nos parezca mentira, Dios nos necesita, pues no le parece bueno hacer Él solito todo el trabajo y quiere que nosotros le colaboremos con entusiasmo. ¡Qué honor tan grande, hermanos, ser colaboradores del Señor en la obra de la evangelización!

La segunda parábola también hace referencia a una semilla, la mostaza, y Jesús se fija en su pequeñez, pero hay que ver cuánto puede crecer.  Así es el Reinado de Dios: aparentemente se trata de algo insignificante; pero una vez en movimiento, no tiene fronteras, está abierto a todos los pueblos y naciones de la tierra. 
Estas dos parábolas son un mensaje de ánimo y de esperanza, no sólo para los discípulos de aquel entonces, sino también para nosotros, los discípulos de ahora. Es una invitación a trabajar en los asuntos del reino, confiando no en nuestras fuerzas, sino en el poder de Dios. En una de sus cartas escribió S. Pablo: “Ni el que planta ni el que riega es importante, sino Dios que hace crecer la semilla”.

Vuestro hermano en la fe.

Carlos Latorre
Misionero Claretiano
carloslatorre@claretianos.es

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