Comentario al Evangelio del

Carlos Latorre, cmf

Queridos amigos:

El sacerdocio de Cristo nos hace a todos los creyentes sacerdotes como Él, al darnos la posibilidad de ofrecer nuestras vidas en amor y servicio a Dios y a nuestros hermanos. Esa es  nuestra ofrenda. Así quedamos incorporados al sacrificio de Cristo. Esto es lo que queremos decir cuando afirmamos que somos miembros del Cuerpo de Cristo y sacerdotes con Él. 

Este «sacerdocio de los fieles», con todas sus consecuencias, ha sido redescubierto por el Concilio Vaticano II. Todos los creyentes, sin distinción y en virtud del bautismo recibido, somos sacerdotes; nuestra función sacerdotal es ofrecer nuestras vidas al servicio de Dios y de nuestros hermanos. Este sacerdocio común de todos es el que da sentido al ministerio ordenado –obispos, presbíteros y diáconos–, instituido por Jesucristo para estar al servicio de la comunidad. El alcance de este redescubrimiento está revolucionando poco a poco la vida de la Iglesia, convirtiendo a la hasta ahora masa silenciosa y pasiva del laicado en protagonistas, por derecho propio, en todo lo que concierne a la misión de la Iglesia en el mundo, en comunión de corresponsabilidad, no de obediencia ciega, con la jerarquía de la Iglesia. 

A lo largo de mi vida sacerdotal y misionera he dado infinitas gracias a Dios por el testimonio de los servidores de la comunidad, de los catequistas, de los líderes cristianos. ¡Cuánto tenemos que agradecer su amor a los hermanos,  sacrificio y desinterés para servir a todos en la comunidad y mantener viva la llama de la fe católica! Tanto hombres como mujeres…Ña Esperanza, Karai Hilario… Eran para nosotros, misioneros que veníamos a evangelizar, una “verdadera escuela de apostolado”. Estos humildes vecinos se comprometían con toda la ilusión  a ser las manos alargadas del sacerdote en las pequeñas comunidades rurales y en las barriadas.

Me acuerdo de los que llegaban a las reuniones en la zona de Raúl Arsenio Oviedo –Caaguazú, Paraguay- con los pies descalzos, con un bocado o “portijú”, como dicen en guaraní, para calmar el hambre y el cansancio. No les reportaba ningún beneficio económico ni ventajas de mando en la comunidad, pues sólo lo hacían por amor a Dios y al prójimo. Sentían el gozo de servir a Dios en los hermanos.

San Marcos nos recuerda cómo Jesús identificó a su verdadera familia: la escucha atenta de la palabra y el cumplimiento de la voluntad de Dios son los rasgos característicos de la madre y los hermanos de Jesús. Jesús aprovecha la visita de su familia para enseñar algo fundamental: no podemos ser egoístas atándonos a nuestra familia biológica. La verdadera familia de Jesús, la familia del reino, traspasa las fronteras biológicas y de raza, y la integran todos los hombres y mujeres que cumplen la voluntad de Dios. Ser católico significa tener un corazón abierto, universal.

Vuestro hermano en la fe
Carlos Latorre
Misionero claretiano
carloslatorre@claretianos.es

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