Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

Ver el cielo abierto

El pecado conduce a la muerte, no tanto porque se atraiga el castigo, sino, en primer lugar, porque es siempre, en mayor o menor medida, un atentado contra la vida; y, además, porque quien peca se aparta voluntariamente de su fuente. El amor, por el contrario, es una afirmación de la vida que nos pone en conexión con su origen. Si por el pecado nos hemos alejado de Dios, el misterio de la encarnación supone la reconciliación del hombre con Dios como una posibilidad siempre abierta. Creer no es cuestión sólo de aceptar ciertas verdades, sino que es pasar de la muerte a la vida, vivir de verdad y con obras en esa dinámica de reconciliación: con Dios, con los demás, consigo mismo. Con Dios, porque, tomando Él la iniciativa, nos ha dado su vida y ha dado su vida por nosotros; con los demás, porque nosotros mismos hemos de dar vida, dando la vida por los demás; y con nosotros mismos, porque, el amor es más grande que nuestra conciencia (del bien y del mal) y nos abre a una confianza plena, la confianza de los hijos.

El amor, signo distintivo de la verdadera vida en Cristo, es como una luz que ve los valores escondidos en la persona amada, y que una mirada desprovista de amor es incapaz de descubrir. Esto es lo que el Evangelio de hoy nos revela meridianamente. La dinámica del anuncio, inevitable para aquellos que han conocido a Cristo, choca con muchas y variadas dificultades; una de ellas son los prejuicios (regionales, nacionales, raciales, etc.). Natanael es un buen ejemplo de ello. Su cortante respuesta podría ser motivo suficiente para dejarlo de lado. Pero Jesús ve el corazón del hombre y descubre, tras la costra de los prejuicios, la verdad escondida de este “israelita auténtico”. Y es esa luz del amor, que no se desalienta ante la dificultad, la que opera el milagro del encuentro de fe. Cuando amamos de verdad, activa, pacientemente, el cielo se abre y entre éste y la tierra se establece una comunicación viva, como se abren los corazones humanos más duros, cuando el anuncio del evangelio va acompañado del testimonio del amor. Pero es que, ¿puede ser de otra manera? ¿Es que es, acaso, posible anunciar el misterio del amor sin amor (como mera doctrina), se puede dar testimonio de la luz sin esa luz que descubre la verdad profunda y positiva de cada uno de nosotros?

Cordialmente

José M. Vegas CMF

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