Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

Ser o no ser

Jesús “es” el Mesías, Juan es el “no Mesías”, el “no Profeta”. Jesús “es”, Juan es el que “no es”. ¿Qué significa esta negación reiterada (no es ni el Mesías, ni Elías, ni el Profeta) con la que Juan se empeña en definirse? Hay negaciones que sirven de preparación para una afirmación posterior. Para hacer sitio al que está por venir es necesario quitar obstáculos, abrir huecos, en una palabra, negar. Juan es el no-Mesías, incluso el no-Profeta (Jesús nos dirá que es más que un profeta), porque es el que abre caminos y después se quita de en medio para que aparezca el Mesías, la voz que presta su vibración para que suene la Palabra. 

Juan podía haber aprovechado la expectación sobre su persona para hacerse pasar por Mesías. Muchos le habrían creído. Es una tentación de todos los que ocupan posiciones de liderazgo, religioso o de cualquier otro tipo: hacerse pasar por profetas y salvadores, por Mesías, centrando todo el foco de atención sobre su propia persona, incapaces de quitarse de en medio para que aparezca al que dicen servir, impidiendo así que sea conocido, aceptado, creído. Así han hecho y hacen muchos, pretendidos maestros, profetas y salvadores, que se aprovechan de la credulidad de las gentes, de sus necesidades, de sus miserias, de sus deseos de salvación (en este mundo y en el otro), de sus esperanzas para ocupar el puesto que sólo le corresponde a Dios y a su Palabra encarnada. La grandeza de Juan es no haberlo hecho, posibilitando así el advenimiento del único y verdadero salvador que él mismo nos ha señalado entre las gentes.

Pero existe también la tentación contraria, que consiste en rebajar el rango de Jesús, hacer de él sólo un profeta (uno más, puede que el más grande, pero sólo eso), algo que ya sucedía en tiempos de Jesús, y también en la primera generación cristiana, como nos dice Juan; y ha seguido sucediendo a lo largo de la historia, cuando se ha querido rebajar la verdad de Cristo (el Mesías, el Hijo de Dios, el que puede salvarnos del pecado y de la muerte) a niveles que nos parecen más “humanos”, más “cercanos”, pero que lo vacían de su sentido salvador: un maestro de moral, un líder religioso entre otros, un revolucionario social que quería cambiar las estructuras sociales y económicas… Títulos todo lo honrosos que se quiera, con los sentidos más sublimes que imaginarse pueda, pero a condición de no reconocer en Él al Cristo. Y es claro que quien niega que Jesús es el Mesías nacido en la carne es el Anticristo. No hay que pensar en figuras demoníacas de películas de terror; el anticristo es el que no quiere que haya un Cristo, un salvador, un Dios con nosotros. Es una forma más de esconderse de Dios, que viene a visitarnos a la hora de la brisa (cf.  Gn 3, 8), que ha venido a nuestro mundo haciéndose uno de nosotros; una forma más de conformarse con moralistas o revolucionarios, como si el hombre pudiera salvarse a sí mismo. Así, no sólo no se “acerca” y “humaniza” a Jesús, sino que se aleja y deshumaniza a Dios, al que no se permite venir a los suyos en la carne, para darles el poder de ser hijos de Dios.

Dios ha venido a nosotros en la carne humana de Jesús, y nosotros lo hemos reconocido, hemos creído en él. Para que el misterio de la Navidad eche raíces en nosotros debemos, primero, permanecer en Él y en su enseñanza; y, en segundo lugar, por medio de nuestro testimonio, tenemos que tener la valentía y la humildad de abrir caminos y, llegado el momento, hacernos a un lado, como Juan Bautista, para que muchos otros pueden también conocerlo y permanecer en Él.

Cordialmente
José M. Vegas CMF

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