Comentario al Evangelio del

Francisco Javier Goñi, cmf

Queridos amigos:

Terminando ya la Octava de Navidad, la liturgia de esté sábado nos regala de nuevo el Evangelio del día de Navidad: el prólogo de Juan. Contemplamos un día más al Niño-Dios, nacido de María, y volvemos a descubrir en Él su Misterio más profundo: ese pequeño de carne y hueso, frágil y dependiente como cualquier recién nacido, es nada menos que la Palabra creadora de Vida, es el Hijo de Dios que ha venido al Mundo, a su casa, es la Luz que brilla en la tiniebla, la Palabra hecha carne que ha acampado entre nosotros…

Y nuestros ojos se llenan de lágrimas. Quizás de dolor porque aún no le hemos recibido en esta Tierra y en esta Humanidad, porque aún hay tantos que no le han acogido, porque aún nos ocultamos tantas veces en la oscuridad. Pero, sobre todo, lágrimas de alegría, esperanza y consuelo porque nuestros ojos contemplan en medio de nuestra historia y nuestras oscuridades la presencia y la gloria del Salvador: “gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

Todo ha quedado traspasado de Luz. De su plenitud todos recibimos gracia tras gracia. Nos queda la tarea de abrir de par en par nuestro corazón y los corazones de todos a su Luz, su Gracia y su Verdad: por medio de Jesucristo la humanidad entera podrá llegar algún día a conocer al Padre y dejarse transformar y salvar por la fuerza de su Espíritu.

Amén. Que así sea.

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