Comentario al Evangelio del

Francisco Javier Goñi, cmf

Queridos amigos:

La luz brilla en las tinieblas: la Palabra se hace carne. Deslumbrados por la natividad de Jesús en medio de la noche de nuestro mundo, nuestros ojos han quedado prendados por este foco de luz y han contemplado al Niño. Hoy vamos a abrir un poco el campo de atención de nuestros ojos: iluminados en primer plano por esa Luz nueva nos encontramos a sus padres: María y José, personajes sin los cuales esta presencia no hubiera sido posible. Juntos forman la Sagrada Familia.

Como aquel Niño, también su familia era de carne y hueso, humana e histórica. Los avatares de la existencia y el amor habían unido a aquel hombre, a aquella mujer y a aquel Niño, aunque, eso sí, atravesados por la presencia del Espíritu que hizo posible la Encarnación. En cualquier caso, desde el principio, aquella familia habrá de vivir en medio de las condiciones reales de la existencia humana, en medio de las dificultades y oscuridades propias de nuestra condición. Muy pronto se verán obligados a actuar ante los odios y rechazos que su hijo despierta, y tendrán que huir ante las amenazas de muerte que rodean al niño nada más nacer, haciendo de él un fugitivo, un refugiado, un emigrante, un extranjero, como relata el Evangelio de hoy.

El ser humano necesita ser protegido de los peligros que lo acechan, del riesgo implicado en ser carne humana y vulnerable. La primera protección es un vientre de mujer, y la segunda, la familia. También es así en Jesús. Al hacerse hombre se convierte en hijo y en miembro de una familia. Es ésta la que acoge la vida humana incipiente, la que la hace viable, la alimenta y le da crecimiento. Para poder llegar a ser sí mismo en libertad y llegar a la entrega de sí mismo por amor, hay que ser primero dependiente. Así fue en Jesús, así es en cada ser humano.

El Verbo de Dios hecho hombre, el niño Jesús, aparece ante nuestra mirada protegido por los brazos de María y por el cariño y la protección de José. Ante los múltiples peligros y amenazas que lo acechan desde su mismo nacimiento, la protección providencial que recibe de lo alto no se distingue de la que reciben (o deberían recibir) el resto de los mortales: los cuidados de su madre y los trabajos, desvelos y decisiones de su padre humano.

Contemplando la Sagrada Familia, en esta Jornada pontificia por la familia y la vida, agradecemos el amor y el cuidado de nuestros padres, al tiempo que agradecemos la posibilidad de vivir y crecer en libertad y amor que nos han dado. Aunque haya sido en condiciones difíciles, a veces transidas de contradicciones e incluso de errores. Hemos llegado a ser lo que somos gracias al cuidado y el amor que en medio de tantas situaciones difíciles nos han regalado nuestros padres y nuestras familias. Que Dios nos ayude a querer y cuidar a nuestros hijos y nuestras familias, los que tenemos o los que tendremos, con los ojos puestos en el modelo de José y María, en medio de las situaciones que nos toque vivir.

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