Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

Queridos amigos,

Cuando uno conoce la historia de la monarquía davídica, no puede por menos de torcer el gesto al leer la promesa de un reino que subsistirá para siempre. Resulta paradójica casi sarcástica, sabiendo el rápido deterioro de la dinastía de David: división en dos reinos, infidelidades, destierros. La redacción final de estos textos se realizó, además, en una situación de total postración, en tiempos del destierro babilónico. Es claro que aquella promesa habla de otro reino, muy distinto de las monarquías políticas de cualquier signo. También en el rechazo por parte de Dios del templo propuesto por David se vislumbra otro templo, no construido por mano de hombre, en el que se adorará a Dios en espíritu y verdad y que no será destruido nunca más.

Nosotros entendemos que es el Reino de Dios que porta en su persona Jesucristo, verdadero templo en el que habita la plenitud de la divinidad, el que cumple las antiguas promesas. Pero un judío de los tiempos de Zacarías e Isabel podía con razón preguntarse, ¿dónde han quedado esas promesas? Un pueblo ocupado, postrado, privado de su libertad, sometido a potencias extranjeras y a tiranuelos locales, a autoridades religiosas corrompidas en torno al templo… Demasiadas evidencias en contra.

Zacarías, en su himno de bendición proclama y confiesa que Dios no se ha olvidado de su pueblo, que sus promesas de restauración, redención y salvación siguen vigentes y están en curso, que su misericordia está ya actuando, que sus juramentos no son en vano. Canta que, pese a todas las apariencias contrarias, es posible vivir en libertad y sin temor, elegir la senda de la santidad y la justicia. Y afirma, además, que todo esto no son vanos deseos o ensoñaciones fatuas, sino que hay signos visibles de todo ello: en Juan, su hijo, renace la profecía que abre caminos, anuncia el perdón y la misericordia. Nos dice Zacarías que si nos parece que es de noche, que el mal y la oscuridad dominan, pese a todo, hay un sol que nace de lo alto que ya está despuntando, nos va a iluminar muy pronto, a nosotros, que caminamos en tinieblas y en sombra de muerte,  y que nos dará la paz. Zacarías ha recuperado a tiempo el habla, y su grandioso himno de bendición pone punto final a la antigua Alianza, porque ahora Dios empieza a cumplir su promesa de un reinado muy distinto que no tendrá fin.

La Iglesia entona cada día por la mañana este cántico en su oración de alabanza. Al comenzar el día canta este himno luminoso de esperanza, que es, además, todo un programa de vida. Porque nos invita a convertirnos en profetas de ese amanecer, en luminarias de esa esperanza (“vosotros sois la luz del mundo” – Mt 5, 14), en ministros de esa reconciliación, en agentes de la paz del Señor que anuncian la salvación.

Cordialmente

José M. Vegas CMF

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