Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

Queridos amigos,

Probablemente todos recordamos las palabras de El Profeta de Khalil Gibran, cuando le pidieron que les hablara de los hijos: “vuestros hijos no son vuestros hijos”. Ana, la madre estéril de Samuel, comprendió en profundidad el sentido de esta verdad y, habiendo recibido el don de la maternidad, le devuelve a Dios el fruto de ese don. La paternidad/maternidad es (debe ser) un acto de exquisita generosidad, en la que se da la vida en un acto de puro altruismo. El amor engendra a nuestros hijos para que dejen de ser nuestros y lleguen a ser sí mismos. El amor verdadero es difusivo y engendra libertad. Es verdad que los lazos del amor, también los del amor entre padres e hijos, son los más fuertes, pero no por eso generan posesión o sumisión, sino que nos tienen que permitir llegar a ser nosotros mismos.

También María lo ha entendido en profundidad. A las palabras de bendición de Isabel prorrumpe en un canto de alegría y alabanza a Dios. Empieza ya, desde el mismo embarazo, a devolverle a Dios lo que de Dios ha recibido. No engendra ese hijo para sí misma, sino para Dios, para que en él se manifieste su paternidad, para que todos los seres humanos puedan así alcanzar la libertad verdadera. El maravilloso himno del Magníficat es un perfecto compendio de motivos tomados del Antiguo Testamento, pero sólo de aquellos que anticipan y anuncian el espíritu del Evangelio. El Dios al que canta María es, en verdad, un Dios creador, un Dios que genera y ama la vida. María nos dice cantando cómo se acerca Dios, de parte de quién está. No viene amenazando ni asustando, sino con misericordia, con voluntad de curar, levantar, colmar de bienes. Por eso, por esa voluntad de vida, es claro que sus preferidos son los que, por variados motivos, no viven en plenitud: los pequeños, los humillados, los pobres, los que de un modo u otro necesitan ser vivificados. Pero, ¿quién no lo necesita? ¿Quién puede salvarse a sí mismo y pagar a Dios un rescate? (cf. Sal 49, 8). Sin embargo, hay quienes no se consideran necesitados de salvación: los soberbios de corazón, los poderosos, los ricos (de dinero, pero también de una presunta justicia que los autojustifica). También a ellos llega la misericordia de Dios, que al dispersarlos, derribarlos y despedirlos vacíos, los coloca en situación de comprender hasta qué punto necesitan ser salvados.

María canta las maravillas que ha hecho Dios en ella. Lo notable es que su situación material y social no ha cambiado. Sigue siendo pobre y humilde. Pero se siente llena de vida. María es capaz de ver y cantar que, a pesar de los pesares, Dios cumple sus promesas. Al descentrar la atención de sí hacia Dios y sus maravillas, como la que crece en su propio seno, María ya está devolviendo a Dios al hijo de sus entrañas, preparando el sacrificio que se consumará en la Cruz. De esta manera ella se hace heraldo e instrumento de esa paternidad del Dios que nos hace libres, de ese cumplimiento de las promesas que se encarna en Jesús.

La Iglesia canta cada día el Magníficat en su oración vespertina de acción de gracias. ¿Qué supone alabar a Dios con las palabras de María? Significa, entre otras cosas, adoptar la mirada positiva de la hija de Sión, ver la presencia de Dios “a pesar de los pesares” (que no son pocos), proclamar cantando que Dios está de nuestra parte, y que ya está obrando maravillas entre nosotros por medio de su Hijo Jesucristo.

Cordialmente

José M. Vegas CMF

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