Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

Queridos amigos,

La acción de Dios discurre con frecuencia por cauces inesperados y paradójicos. Ahí precisamente se manifiesta su carácter salvífico. La esterilidad habla de una situación sin esperanza, especialmente en culturas en las que la descendencia era el bien más preciado y la garantía de existencia futura. Es curioso que en nuestra cultura, descreída y carente de esperanzas trascendentes, la descendencia goce de escasa popularidad, y se considere con frecuencia más una molestia que una bendición. Parece que esta cultura, tan preocupada por el futuro de la supervivencia ecológica, olvida la ecología de la supervivencia humana y se cierra con egoísmo en el presente del disfrute individualista. Es, si lo miramos bien, otra forma de esterilidad, de desesperanza. Por eso, las lecturas de hoy pueden resultarnos iluminadoras y alimentar nuestra decaída esperanza. Dios actúa precisamente en situaciones de esterilidad, allí donde parece no haber futuro ni, por tanto, lugar para la esperanza. Mujeres estériles y ancianas engendran hijos, Dios otorga fecundidad allí donde parecía imposible. Y esa fecundidad es, además, signo de salvación para todo el pueblo.

Sin embargo, en esta acción salvífica de Dios, el ser humano juega también un papel. Dios actúa en diálogo, buscando la cooperación y la complicidad humana. Y aquí las respuestas pueden ser muy variadas. No está sólo el sí incondicional y el no cerrado. La escala es mucho más amplia. La respuesta de Zacarías es un buen ejemplo de ello. Se trata de un verdadero creyente, justo ante Dios, que, como su mujer Isabel, camina sin falta según los mandamientos y leyes del Señor. Es, además, un sacerdote que sirve en el templo del Señor. Incluso un hombre así puede desconfiar de la acción salvífica de Dios y reaccionar con incredulidad ante ella. Por las palabras de Gabriel sabemos que Zacarías había orado toda su vida pidiendo un hijo al Señor. Todos tenemos la experiencia de que Dios no responde a nuestros ruegos cuándo y cómo nosotros queremos. Por eso, a veces, reaccionamos con incredulidad, nos encogemos de hombros, cerramos los ojos para la presencia salvífica de Dios. En su respuesta al anuncio del ángel Zacarías parece decir, “a buenas horas me vienes con esas, ya es demasiado tarde”. Una vida correcta y en orden, también en sentido religioso, puede desconfiar de la acción del Dios que rompe esquemas, que sorprende, que elige para actuar a los débiles, a los que no cuentan, a las estériles.

Zacarías e Isabel representan el Antiguo Testamento que, en aquel momento histórico, parece haber dado de sí todo lo que podía: ya viejo y estéril, se había quedado mudo. Pero, justo en ese momento, Dios actúa y le hace dar un último y decisivo fruto: el profeta que irá delante del Señor, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto, la voz que antecede a la Palabra. La resistencia del justo y desconfiado Zacarías no puede detener la acción de Dios. Que nosotros, los creyentes, no desconfiemos del poder salvador de Dios en las situaciones más desesperadas, que con nuestro pesimismo no nos convirtamos en obstáculos de su venida.

Cordialmente

José M. Vegas CMF

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