Comentario al Evangelio del

Julio César Rioja, cmf

Queridos hermanos:

María y José, José y María, llenan este domingo, aunque el centro como siempre, sea el Emmanuel, el “Dios con nosotros”. María es la disponible y José el necesario. Por medio de José, Jesús pertenece y entronca, con la gran promesa que Dios ha hecho a su pueblo en Isaías y los profetas. El Mesías será de la estirpe de David y de la estirpe de Abrahán. Dios se va a valer de los dos, que dice el Evangelio, que eran buenas personas y aguardaban la liberación de Israel.

El texto de Mateo, da por tanto una gran importancia a José. Debe estar muy enamorado de María y ante el embarazo “no deseado”, decide no denunciarla, sino repudiarla en secreto. El secreto, en un pueblo tan pequeño iba a durar poco tiempo, quizás por eso, María se fue a prisa a la montaña, a visitar a su prima Isabel, los comentarios no tardarían en comenzar. Las dudas, el debate interior, la calidad interior de José, se muestra ahora: en una sociedad machista y patriarcal, que pone la ley de su parte, él decide dejarla libre en la opción que ha tomado.

Vendrá después el sueño, Dios que le ha invitado a participar en sus planes, también le presta su apoyo. “Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevo a casa a su mujer”. María, ya no será diana de los cuchicheos de sus paisanos y el hijo pasará a ser “el hijo del carpintero”, a los ojos de todos. Poco más nos dicen los Evangelios, a los doce años el niño se pierde, José que lo busca, recibirá aquella respuesta: “estaba en las cosas de mi Padre”. Misión cumplida, no aparece más, la tradición le hizo mayor, o que murió joven, en ningún sitio se habla de su muerte. Silencio, quizás como su mujer, también guardaba todas estas cosas en su corazón.

José nos enseña una cosa muy importante para la vida cristiana, aceptar los planes de Dios, aunque no coincidan con los planes, que tú te has hecho para el futuro, un futuro familiar, incluso afectivo. No es poco su valor en estos tiempos, es el hombre fuerte, que quiere y respeta a su mujer. En Adviento hablamos mucho de María y parece que José se nos queda traspapelado, él tiene en su interior un misterio, sabe quien es el niño y calla, buen ejemplo ante nuestras muchas palabras.

Junto a María y José, hay otro protagonista a la sombra, el Espíritu Santo: “la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”, en otro lugar se dice: “que la cubrirá con su sombra”. El Adviento, es época propicia para descubrir la presencia del Espíritu en la historia, en la sociedad y en la Iglesia. Es verdad que hay en nuestro mundo signos de desesperanza, de injusticia, pero también hay signos de los tiempos, a los que debemos estar atentos. Hay gentes sencillas, como María y José, que se fían de las promesas, que cambian sus planes de vida y manifiestan la presencia de un Dios cercano a los más necesitados, un “Dios-con-nosotros”.

En nuestras parroquias y en las celebraciones eucarísticas, puede que en estos días se muestre la debilidad, cambiamos la Misa del Gallo por la cena en familia, el día de Navidad y Año Nuevo, nuestros horarios coinciden, con el estar en la cama después de una noche larga. La austeridad de los profetas, o del precursor, no casa bien con nuestras mesas, el espíritu navideño no suele ir más allá, de dar un donativo para los pobres. Somos cada vez menos, claman algunos, y es verdad. Pero eso no quita que: “el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad” y crea nueva vida, en la creación se cernía sobre las aguas, en el seno de María da vida al Salvador y en Pentecostés a la Iglesia.

Creer en el misterio, es precisamente ésto: saber que la historia de salvación continúa y un “resto” como en Israel, intenta seguir manteniendo la ilusión en las promesas. María y José son nuestros guías, que nos muestran la fidelidad de los hombres justos y de las mujeres sencillas.  

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