Comentario al Evangelio del

Juan Lozano, cmf

Querido amigo/a:

“Si hubieras atendido a mis mandatos, sería tu paz como un río, tu justicia como las olas del mar”. Es el consejo del profeta Isaías al finalizar esta segunda semana de Adviento. Atender, escuchar, estar atento a los signos de Dios, al soplo del Espíritu, a las mociones, susurros con los que el buen espíritu quiere guiarnos. Para ello hay que entrenarse en el arte de la escucha; y para esto hay que dedicar tiempo. Entre el bombardeo de estímulos que recibimos a diario, hay que hacer un gran esfuerzo para poder escuchar con nitidez la voz de Dios. Este susurro divino intenta abrirse paso entre las voces interiores de la los afectos desordenados, los sueños frustrados, las proyecciones de mi yo ideal y otras películas mentales que tratan de evadirme de lo que realmente soy.

En una vida acelerada y estresada se hace muy difícil la escucha; donde no hay escucha no puede haber una comunicación fluida, y cuando la comunicación es pobre, surgen la mayoría de nuestros conflictos, malentendidos con los demás, suspicacias y susceptibilidades. Si no hay tiempo para escucharnos, ¿cómo va a haber tiempo para escuchar a Dios? Creo que este es el drama de muchos hombres y mujeres, que no pueden encontrarse con Dios porque no lo sienten; y no lo sienten porque no lo escuchan ni en sí mismos, ni en los demás, ni en los más pequeños, ni en la naturaleza,… ni en ninguna parte. Sin la escucha no puede nacer la acogida del mensaje, ni en consecuencia la fe. Eso es orar: escuchar la voz de Dios.

La Palabra de hoy nos invita a escuchar, a practicar esta actitud tan sanadora y necesaria para vivir con más paz y apertura. Jesús también se lamenta de que esa generación no escuchó a Juan el Bautista ni le escuchan a Él. “Shesmá Israel(escucha Israel), escucha Pueblo de Dios, escucha. Escucha querido amigo/a. El Señor nos habla, nos llama constantemente. Habla a través de los acontecimientos cotidianos, también en los más extraordinarios; habla en la Palabra de cada día, habla en el interior de tu corazón, en tus pensamientos y sentimientos; habla a través de los otros, de los que te cruzas en tu jornada diaria; grita en los más necesitados, en los acontecimientos de la historia… Abre tus oídos. Estate atento. El Señor habla. Digámosle hoy en nuestra oración: ¡habla Señor que tu siervo escucha!

El que sí escuchó esta voz de Dios es el santo cuya memoria libre propone orar hoy la liturgia: San Juan Diego Cuahtlatoatzin. Un hombre muy sencillo y humilde, sin talentos espectaculares, pero de una gran capacidad de escucha, testigo de la aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe.  

Vuestro hermano en la fe.
Juan Lozano, cmf.

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