Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos hermanos:

En la última frase del Apocalipsis encontramos como la firma del autor, junto con la exhortación a que se lo lea y se lo crea. Y su mensaje no varía respecto de días anteriores, sino que se reafirma y hasta se clarifica: el Padre y Cristo glorioso se comunican a los suyos en forma de río de agua de vida y de árbol de la vida. La humanidad ha sido herida de muchas maneras, pero el árbol de la vida tiene hojas curativas, capaces de realizar una terapia definitiva dejando la creación inmunizada contra toda maldición.

La mención del árbol de la vida y del río que brota del trono de Dios nos remiten inmediatamente al paraíso (cf. Gen 2,9-10). La redención del hombre y la sanación de la creación los llevan a disfrutar nuevamente de la bondad primigenia; pero no se quedan en ella sino que la superan. El hombre del paraíso tenía el privilegio de que Dios se le acercase al atardecer, a la hora de la brisa, pero en la nueva creación no habrá atardecer, pues ha desaparecido toda tiniebla. El hombre del paraíso era amigo de Dios, pero el de la nueva creación reina con Dios para siempre, contempla su rostro y se adorna con el nombre de Dios como tatuaje. Ha llegado la luz superabundante, el bienestar, la gloria sin medida. Es mucho más que lo imaginable por la mente humana.

No resulta fácil encajar en tan luminoso panorama las severas advertencias del texto evangélico que hemos leído. En él aparecen veladas amenazas con sucesos temibles: “lo que está por suceder”; entre ellos se entrevé un juicio riguroso por obra del Hijo del Hombre, ante el cual quizá no será fácil “mantenerse en pie”.

Es la otra cara de la imaginería apocalíptica. Al creyente se le exige una apertura personal responsable a ese mundo de la felicidad. Tal apertura implica “transformación”, que suele ir acompañada de dolor. El mundo nuevo se hará presente a través de una especie de parto, que conlleva dolor, pero no dolor de muerte sino de purificación. San Pablo dirá que “esto corruptible no puede heredar la incorruptibilidad” (1Cor 15,50); por ello será preciso someterse a una especie de muerte-resurrección. Este debe ser el tono vital del cristiano, y conviene que conozca a los enemigos del mismo que le rondan: la pereza o somnolencia, la avaricia, borrachera, crápula... Serían factores excluyentes de la gloria deslumbrante desvelada en el Apocalipsis. El evangelista quiere que sus lectores “estén a lo que deben estar”, siempre vigilantes sobre sí mismos. La vigilancia es una actitud clave en una Iglesia ya cronológicamente alejada de sus orígenes y que corre el riesgo de perder el fervor primero. Tal llamada nos viene a nosotros como anillo al dedo.

Mañana iniciaremos ya el tiempo de Adviento, en el que menudearán las llamadas a “despertar del sueño” (Rm 13,11), a percibir la cercanía del Señor (Flp 4,5). Ojalá no dejemos pasar tan excelente oportunidad de “asomarnos” al mundo de plenitud vislumbrado estos días atrás en los textos apocalípticos.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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