Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos hermanos:

La antigua pedagogía incluía “el repaso”; ya se había estudiado todo el temario y era cuestión de echar un último vistazo y aclarar dudas antes de la prueba final. Nuestro leccionario litúrgico parece seguir ese método; y también el Apocalipsis y el tercer evangelio. Nos van repitiendo el mismo mensaje durante toda la semana con pequeñas “variaciones sobre el tema”, como hacían los grandes compositores.

La literatura bíblica está encarnada. Hace más de 70 años, en una célebre encíclica, enseñaba Pío XII que, para entender la Biblia, conviene conocer las literaturas de los países limítrofes a aquellos en que surgió. El Apocalipsis sigue el estilo de composiciones bíblicas y extrabíblicas de los dos siglos que le preceden. En varios apócrifos judíos está presente el milenarismo, es decir, la convicción de que el mal sufrirá dos derrotas, una por mil años, y otra definitiva, tras un breve “permiso intermedio” para reanudar su acción destructora. Una exégesis literalista condujo en los primeros siglos de la Iglesia, y esporádicamente en el mismo siglo XX, a esa extraña visión de la historia.

Quizá el autor sólo quiere subrayar la inimaginable soberanía de Dios, que es capaz de “jugar” con el poder del mal, al cual permite “hacerse ilusiones” de resurgir; pero experimentará una derrota radical. La afirmación central es su aniquilación: Satanás, la Muerte y el Hades quedan definitivamente encadenados y abrasados en fuego y azufre. Una vez más el Apocalipsis nos regala su mensaje de esperanza y optimismo.

La manifestación de Dios como Padre no anula su soberanía; la actitud filial del creyente se complementa con la de sobrecogimiento y adoración, de anonadamiento ante su grandeza indescriptible. La “huida” del cielo y de la tierra es una buena metáfora: la criatura apenas soporta la majestad de su creador. ¿Cultivamos hábitos de adoración, de gozo estremecido ante el Dios “insoportable” que, al mismo tiempo, se nos hace cercano? 

Los libritos de que habla el Apocalipsis contienen la historia personal de cada uno ante su Dios. El Dios grande y soberano es señor y juez de la historia, individual y colectiva, y desea inscribir a todos en el otro libro: el de la vida junto a Él, el de participación en su gloria; en sus manos de Padre está el amplio registro de los salvados.

Para Jesús, este juicio, con la consiguiente derrota del mal y con la inscripción de los elegidos en el libro-registro de participantes en la vida divina, no eran asuntos meramente futuros. Sus contemporáneos percibían “estas cosas”; él designa así a su hablar y actuar, su perdonar y consolar, su abrir horizontes de sentido. Estos eran los signos de aparición del mundo nuevo, el Reino de Dios, que no había que relegar a un lejano más allá: esta generación debe vivirlo ya. Quienes se encontraban en profundidad con Jesús entraban en un mundo tan nuevo que no se reconocían a sí mismos. A este nuevo nacimiento estamos llamados.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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