Comentario al Evangelio del

Fernando Torres cmf

 

      En los tiempos de la España del siglo XVI estuvo de moda clasificar a las personas como cristianos “viejos” y cristianos “nuevos”. Los cristianos “viejos” eran los que podían atestiguar unas cuantas generaciones como tales. Los “nuevos” eran los judíos y moriscos que se habían convertido como alternativa a la expulsión decretada por los Reyes Católicos. Los cristianos “nuevos” tenían muchas más posibilidades de ser marginados e, incluso, de ser amenazados por la Inquisición. ¡Eran otros tiempos! ¡Y qué equivocados! Menos mal que pasaron. 

      Pero la verdad es que nos encanta clasificar a las personas. Juzgar desde unas ideas preconcebidas. Y condenar o salvar a las personas más por su origen que por sus acciones. No es fácil que una sociedad venza sus prejuicios. Hace falta tiempo y mucha educación para pasar por encima del racismo, por ejemplo. No bastan leyes por duras que sean. Porque de lo que se trata es de cambiar la mente de las personas. Y eso es muy difícil. 

      Eso que pasaba en la España del siglo XVI y que pasa ahora en tantas sociedades con el racismo o con la religión o con otras “marcas” que se ponen encima de las personas y las definen para siempre, pasaba también en tiempos de Pablo y de Jesús. En los tiempos de Pablo algunos pensaban que lo más importante era estar “circuncidados”. Eso ya bastaba para tener derechos adquiridos frente a Dios, para ganarse la salvación. Pablo pone las cosas en su sitio cuando dice que la verdadera circuncisión no es un corte en el prepucio sino que viene de dar culto al verdadero Dios, dando gloria a Jesucristo. Es más, ante Jesús y su seguimiento, Pablo considera basura todo lo que es cumplimiento automático de la ley. En un tiempo pensó de esa manera. Se esforzó en ser justo según la ley. Pero hubo un momento en que se dio cuenta de que todo eso era pérdida de tiempo y de vida comparado con la única ganancia posible que es Cristo. 

      También en el tiempo de Jesús los prejuicios funcionaban. Los que eran pecadores ya lo eran para siempre. Tenían su “sambenito” colgado o pegado. Imposible cambiar. Ya estaban condenados en vida. Pero Jesús precisamente se acercaba a ellos. ¡También eran hijos de Dios! ¡También Dios los amaba! Más incluso porque vivían marginados y excluidos por los que se creían justos por cumplir la ley. 

      Así que Jesús no duda en salir en defensa de los pecadores. Porque es mensajero del amor del Padre para todos. En especial, para los más excluidos, para los marginados, para los condenados socialmente. ¡Ya es hora de romper los prejuicios! Porque no tienen nada que ver con el Evangelio. 

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