Comentario al Evangelio del

Fernando Prado, cmf

Queridos hermanos:

Jesús quiere prevenirnos de la hipocresía, que es como una levadura que fermenta la masa y la hace crecer. La levadura tiene la virtud de hinchar la masa, pero, en verdad, no hace más que introducir en ella aire y vacío. Las enseñanzas de los fariseos no son de fiar. Y no lo son porque ellos no son testigos de lo que predican. Sus palabras no se sostienen con su vida. Predican una cosa y hacen otra. Hablan de Dios y someten a los sencillos con normas, leyes y preceptos que ellos mismos no. Y, además, que todavía es peor, lo hacen en nombre de Dios, haciendo que los corazones creyentes de los sencillos se sientan obligados a cumplir una difícil ley y a vivir sometidos a ellos. Ellos son  los maestros e intérpretes de la Ley. Ellos tienen la llave, los demás, están obligados a obedecer. Ellos son los que dictan a los demás lo que han de hacer para salvarse. A veces los cristianos también obramos así, como aquellos fariseos.

Sin embargo, Jesús no pide ni cumplimientos ni sometimientos a leyes injustas que hacen al hombre menos hombre. Él quiere que los que buscan a Dios tengan confianza. Dios es el dueño de todo. Todo lo tiene sometido a su control. Nada escapa de su mano. No hay nada que temer. Como decíamos ayer, estamos en manos de su bondad y él tiene un plan: que nadie se pierda de su mano.

La fe y la confianza en Dios nos lleva a vivir como hijos y, en consecuencia, como hermanos unos de otros. Primero la fe y la confianza. Después, la consecuencia, la ley, la vida en consonancia con esa Buena Noticia recibida.

Cuando Dios irrumpe en la vida de la persona con su gracia, el corazón se siente feliz por descubrir el amor que el Señor nos tiene. Por eso somos capaces de confiar en que él guía la historia y en que estamos en las mejores manos que podemos estar. Evidentemente, esta gracia que se nos manifiesta, no es para quedarnos extasiados y acurrucados en su seno. La gracia nos impele y nos lleva a compartir aquello que hemos descubierto, a evangelizar y contar a otros esa alegría descubierta. Y no solo con palabras, sino con nuestra vida. De ahí que el amor de Dios nos convierte en testigos, en misioneros de esa buena y sencilla noticia: somos hijos y hermanos. No nos podemos callar. La mística francesa Madeleine Delbrel hablaba así de esta experiencia: “Como Dios lo es todo, hay que llevarlo a todas partes”.

Te invito hoy a que pienses y saborees esta gran verdad: Si has conocido a Dios, no te lo guardes, ten en cuenta de que Dios pertenece siempre a aquellos que lo esperan. No dejes de ser testigo, en cualquier momento o en cualquier cosa, por pequeña que te parezcas, de que Dios –y no un código de conducta- es en verdad quien que lleva tu vida y quien está transformando tus criterios, tu conducta, tus valores, conformándolos más y más con los suyos, llevándolos cada día un poco más hacia su lado.

Te deseo lo mejor para este día. Oremos unos por otros. Sin duda, lo necesitamos.

Vuestro hermano en la fe,
Fernando Prado, cmf.

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