Comentario al Evangelio del

Fernando Torres cmf

 

      ¿Eternos niños o adultos libres y responsables? Durante mucho tiempo, ese dilema se respondió afirmando la primera parte. Los cristianos debían ser como niños, obedientes siempre a la jerarquía, a los obispos y sacerdotes. En muchos lugares, los párrocos fueron respetados como los que tenían la última palabra en todas las cuestiones de la vida. Posiblemente, todo aquello venía de una mala comprensión de evangelios como el de este sábado. 

      Si Jesús dice que de los niños es el reino de los cielos, entonces es que nos tenemos que hacer niños para poder estar en él. Nada mejor entonces que comportarse como tales, confiando totalmente nuestra vida en las manos del Padre, de Dios. Y, por ende, en las manos de sus mediadores, de los que le representan, de los que tienen el encargo de enseñar la Palabra de Dios. Y, de paso, renunciar a tomar las propias decisiones, a ser, en la medida de lo posible, los dueños de nuestras propias vidas. 

      La realidad es que Jesús nos quiere libres y responsables, adultos capaces de tomar nuestras propias decisiones. “Para ser libres nos liberó el Señor” dice Pablo en la carta a los Gálatas. Y, a renglón seguido, nos exhorta a no volver a caer en ningún tipo de esclavitud. 

      La realidad es que el reino lo tenemos que ir construyendo entre todos. Nuestros obispos y sacerdotes son los que presiden una comunidad siempre en búsqueda, siempre comprometida al servicio del Reino. Y, precisamente por eso, haciendo que los más débiles, los más pobres, los marginados, los que sufren (los “niños” a que se refiere Jesús porque en su tiempo carecían de derechos y de valor) se sitúen en el centro de la comunidad, en el centro del Reino. Pero no para que sigan en su debilidad sino para empoderarlos, para devolverles la dignidad, para levantarlos y hacer que puedan participar en la vida del Reino con todos los derechos y con todas las obligaciones. 

      La primera lectura nos recuerda que cada uno es responsable de sus actos. No puede ser de otra manera en el Reino. Contamos, ciertamente, con la misericordia de Dios, con su perdón inmenso y sin límites. Pero eso no nos quita un ápice de nuestra responsabilidad, de nuestra libertad, de la necesidad de dialogar, de encontrarnos con los demás para ir haciendo juntos un camino del que no conocemos todos los detalles ni direcciones pero del que ya atisbamos la meta: la celebración eterna de la mesa común con el Padre. Vamos juntos, no como un rebaño sino como una comunidad de personas adultas y responsables. 

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