Comentario al Evangelio del

Fernando Torres cmf

 

      Es curioso que en una sociedad como la nuestra donde tantísima gente piensa que el amor entre el hombre y la mujer es puro romanticismo sea donde se dan tantos fracasos en los matrimonios. Fracasos que son muchas veces dolorosos para todos los que están envueltos en ellos: para los esposos, por supuesto, pero también para los hijos y para las familias de los esposos. Hay una cierta contradicción entre los que se casan tan enamorados y los fracasos tan sonados al poco tiempo de convivencia. Algo no funciona. 

      O, quizá, es que el amor serio y maduro entre dos adultos tenga relativamente poco que ver con el romanticismo. El Evangelio de hoy pone de manifiesto que también en tiempos de Jesús se producía el fracaso en los matrimonios. No siempre funcionaba la relación como se podía esperar en el momento del casamiento. Y, a veces, había que buscar soluciones radicales para situaciones imposibles. Por eso, el acta de repudio y el divorcio, que ya se establecía en la ley de Moisés. 

      El Evangelio termina con una referencia a los que no se casan. Se entiende que el celibato es un don. Podríamos decir que también el matrimonio es un don. Pero hay que pensar con cuidado lo que significa que algo sea un don. Cuando era pequeño, unas Navidades recibí como regalo un mecano. Abrí la caja y me encontré con un montón de piezas. A primera vista pensé que no servían para nada. Luego miré las instrucciones y descubrí que con aquellas piezas se podían hacer muchísimas cosas: desde una grúa hasta un barco pasando por una casa e incluso un coche. Nada estaba hecho y todo se podía hacer. Allí estaban las piezas. El resto lo tenía que poner yo a base de trabajo e inventiva, de paciencia. 

      A veces, pienso que los dones que nos regala el Señor son como el mecano que me regalaron de pequeño. En sí mismo no era nada: un montón de piezas desiguales. Sólo con trabajo se llegaba a ver el barco o la grúa o el coche. El regalo del amor, el regalo de la vida, el regalo de la libertad. Todo son dones del Señor. Pero todos exigen compromiso, trabajo, paciencia, esfuerzo. Sin esa colaboración nuestra, esos dones no sirven para nada. 

      Con el amor entre los esposos pasa algo parecido. Nada que ver con esa mirada medio ida de los que están recién enamorados. Esos, como mucho, han recibido el don. Ahora les toca construir el amor, irlo haciendo realidad día a día. Con tesón, esfuerzo, compromiso y mucha paciencia y respeto. A veces, hasta con la mejor de las intenciones, no se conseguirán los mejores resultados. ¡Tampoco yo conseguía siempre armar la grúa a la primera! Hay que tener mucha paciencia, capacidad para volver a empezar, a confiar, capacidad para perdonar. Los frutos sólo se ven con el paso de los años. Ahí es cuando se ve esa misteriosa mezcla del don de Dios con el esfuerzo humano que es la vida.

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