Comentario al Evangelio del

Fernando Torres cmf

 

      Los tiempos de Jesús no eran como los nuestros. Al menos, en teoría. Por aquella época los impuestos servían a los reyes para mantenerse, mantener su poder y su ejército. A veces hasta defendían a su pueblo. Pero siempre lo utilizaban para defenderse a sí mismos y a su familia de las amenazas de fuera. Por eso dice Jesús que los impuestos no los pagan los hijos sino los de fuera. 

      Está claro que esa manera de concebir la sociedad no era para nada compatible con el mensaje de Reino que predicó Jesús. Tampoco lo es ahora, aunque algo hemos crecido en estos veinte siglos. Ahora, al menos en la teoría, los impuestos sirven para el bien común: para hacer carreteras, para pagar la educación y la sanidad, para sustentar un ejército y una policía al servicio de las necesidades de todos y no sólo de los que gobiernan. Esa es la teoría. La práctica están, dependiendo de lugares y países, a veces todavía muy lejos de la teoría. Pero, al menos, y no es poco, tenemos la teoría. En tiempos de Jesús, ni siquiera tenían la teoría. 

      Por eso, en tiempos de Jesús, el mensaje del Reino de Dios sonaba todavía más lejano e imposible que hoy. Actualmente, tenemos que reconocer que se ha adelantado mucho. No todo pero sí mucho en hacer un mundo más justo y mejor. No en todos los países pero sí en muchos. La medicina, la educación, el seguro de desempleo, la protección a los trabajadores, la defensa de los derechos humanos y muchas otras cosas son signos de todo eso que se ha avanzado en orden a que nuestra sociedad sea más justa. Ciertamente no en todos los lugares se ha avanzado lo mismo. Queda mucho por hacer. Pero con el paso de los siglos, hemos ido mejorando. 

      Pero como todavía queda mucho por hacer –pero muchísimo–, hay que seguir predicando el Reino. Para que todos nos demos cuenta de que todos somos hijos, de que todos tenemos los mismos derechos –y las mismas obligaciones, claro–, de que la justicia es para todos. Y que nuestros gobernantes no están para servirse a sí mismos sino para servir al pueblo y especialmente a los más marginados, abandonados y necesitados. 

      Santo Domingo de Guzmán, cuya fiesta celebramos hoy, fundador de los dominicos, se dedicó a predicar el Reino de Dios en su tiempo. Hoy los dominicos siguen su estela. Y nosotros deberíamos hacer lo mismo. Predicar y vivir el mensaje del Reino para que este mundo se vaya haciendo cada vez más la casa de todos, la casa de los hijos e hijas de Dios en la que nadie es excluido y todos tienen un puesto a la mesa.

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