Comentario al Evangelio del

Julio César Rioja, cmf

Queridos hermanos:

Hay una frase en las redes sociales que dice: que bueno sería que además de enseñarnos a hablar en varios idiomas, nos enseñaran a escuchar en alguno. Es lo que hace María: “que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra”. Marta actúa, habla; María calla, escucha. Las dos se complementan, aunque para Jesús: “María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán”. Es verdad que María no cumple con sus funciones de anfitriona, es Marta la que se preocupa de que no falte nada, no da abasto y por eso protesta. Pero ¿en qué consiste la verdadera acogida?

Muchas son las cosas que nos ponen inquietos y nerviosos, cosas que nos despistan, estamos rodeados de tantos estímulos exteriores, que es difícil la acogida y la escucha de las personas. La fe, que fundamentalmente es encuentro con Jesús, con su Palabra, entre tantas palabras, estar en su presencia, tener una sobremesa larga, una charla, hablar de amor con aquel que sabemos que nos ama, se ha vuelto casi imposible, en una sociedad en la que importa más lo que dice el móvil, que la persona que está sentada en tu misma mesa.

Se necesita el silencio más que nunca, se añora, pero no se busca. Da miedo encontrarse consigo mismo y no digamos con Dios, la excusa común, es lo mucho que tenemos que hacer, en ocasiones hasta por el Reino. Pero, si ni hay nada dentro, no se puede estar fuera y si no se está fuera, no se puede estar dentro y esto no  es sólo un juego de palabras. Hasta los más contemplativos, han entendido que lo suyo es orar por todo el mundo (las clarisas de mi pueblo conocen las historias de todo el pueblo y oran por cada uno) y los más comprometidos, saben que sin pasar grandes ratos delante del misterio, uno se quema.

A cada uno Dios le concede lo que Él quiere, como en la primera lectura del Génesis, se nos acerca a la encina de Mambré mientras estamos sentados a la puerta, en forma de tres hombres que han quedado como iconos de la Santísima Trinidad. Abrahán como Marta, se desviven ofreciéndoles cuajada, leche, ternero guisado, pan de hogaza, agua para lavarse y es que sin la hospitalidad no se cena. Parece, que la mayoría estamos llamados a unir las dos cosas, unificar la contemplación y la acción, el “Ora et labora”.

Nuestras comunidades cristianas, nuestras parroquias, deben convertirse en lugares de acogida, donde se pueda entrar a rezar un rato y estar en silencio a los pies del Cristo, celebrar despacio, tener paz en medio de tanto ruido, oasis donde beber del propio pozo, escuchar la Palabra a los pies del Maestro. Y también centros donde se recibe al forastero, se reúnen las gentes de los diversos colectivos, se invita a la denuncia ante todos los problemas sociales, se abre la puerta al excluido y se propone la fraternidad, en un mundo tan dividido. Comunidades de contraste, alternativas, que saben que lo humano es sacramento de la presencia de Dios, que para entenderlo, es preciso llevarlo, estar y ponerlo en el centro de todo lo que celebramos.

Jesús en este evangelio expresa su preferencia por lo que representa María. Hay mucha gente que está dispuesta a dar, pero menos a escuchar. Demasiadas personas, que tenemos tanto que hacer, que no nos queda tiempo para pararse. Jesús piensa que lo mejor que podemos hacer en la vida, es tener tiempo para la escucha, estar disponibles, dedicar nuestro tiempo, nuestra atención, nuestro interés, a lo que dice la otra persona, a lo que le preocupa, lo que desea, lo que espera. La ruina de las relaciones interpersonales es la falta de escucha, esto es lo que rompe los matrimonios, las familias, las amistades, los grupos. Los políticos fracasan porque no escuchan a los ciudadanos. Los sacerdotes, los obispos y todos los cristianos no cumplimos con nuestra misión cuando no escuchamos a la gente, sobre todo a los que no vienen.

Marta y María, en nuestra asamblea de cada domingo, cuantos rostros nos las recuerdan, incluso cada uno tenemos parte de las dos, pero todos debemos de saber que la casa siempre debe estar abierta, en eso consiste la acogida: “Entro Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa”.

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