Comentario al Evangelio del

Fernando Torres cmf

 

      Hay que reconocer que Jesús sabía apretar las clavijas allá donde más se necesitaba. Porque nosotros somos muchas veces, demasiadas, maestros en el arte de disimular, en el arte del cumplimiento (cumplo y miento a la vez), en decir que sí pero que hasta cierto punto, en esforzarnos pero no llegar a poner toda la carne en el asador. 

      Eso nos pasa con el asunto del amor. Todos sabemos que el mandamiento principal de los cristianos es amar. Sin más. Amar por encima de todas las cosas. Amar sin medida. Amar a todos. Sin excepción. Pero también sabemos que eso no es fácil, que es más fácil decirlo que hacerlo. Porque el amor es mucho más que ese sentimiento que nos hace sentirnos bien a nosotros mismos. El amor de que habla Jesús es el que hace realmente bien a los demás. Y eso conlleva muchas veces esfuerzo, compromiso, dolor. Exige vencernos a nosotros mismos. Exige darlo todo. Exige dar la vida por la vida de los otros. 

      Y ahí entran nuestros frenos, nuestras excusas. De todo tipo. Porque para poner excusas no tenemos precio. Nos gusta decir que perdonamos a todos pero que “no olvidamos”. Nos gusta decir que hay que ser “hermanos pero no primos.” Y muchas más frases y excusas que nos sirven para evadirnos del esfuerzo que supone amar con el que amor que Jesús nos pide: amar hasta dar la vida por los demás. 

      Por eso, hay que leer muchas veces este Evangelio de hoy. Jesús –me lo imagino con una cierta sonrisa irónica mientras que decía estas palabras– nos dice que ya está bien de engañarnos a nosotros mismos. Nos dice que sabemos de sobra lo que es el amor que nos pide. Y que ya está bien de poner excusas. Porque el reino sólo construye con el cemento que une a las personas hasta formar la gran familia de Dios. Y ese cemento no es otro que el amor. Y el perdón y la misericordia y la tolerancia y la comprensión, que no dejan de ser formas de amar. Sólo así lograremos que los que formamos la humanidad nos demos cuenta de que no hay nada que nos separe y que nos une lo más grande: que todos somos hijos e hijas de Dios. Sin excepción. 

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