Comentario al Evangelio del

Fernando Torres cmf

 

      San Antonio de Padua, el santo del que hoy hacemos memoria, es grande en el reino de los cielos. No fue un gran profesor de teología en alguna universidad. No fue conde ni duque ni rey. No fue papa ni obispo. No pasó de ser un sencillo franciscano: un predicador itinerante que allá donde fue, difundió la Palabra de Dios y animó a los que les escuchaban a convertirse. 

      Nació en Lisboa pero las aventuras de la vida y su deseo de predicar el Evangelio le terminó llevando a los franciscanos pasando por Marruecos. Desarrolló la mayor parte de su ministerio en Italia. Y murió en Padua. Para él no existieron las fronteras. El Evangelio era para todos y, como buen hijo de san Francisco de Asís, a quien conoció personalmente cuando participó en el “capítulo de las esteras”, predicó la palabra a todos y en todas partes. 

      Dejo huella entre quienes lo escucharon. La primera biografía que se escribió por un autor casi contemporáneo dice que, cuando predicaba, “reconducía a la paz fraterna a los desavenidos, hacía restituir lo sustraído con la usura y la violencia, liberaba a las prostitutas de su torpe mercado, y disuadía a ladrones famosos por sus fechorías de meter las manos en las cosas ajenas.” Además, inducía al arrepentimiento a sus oyentes de tal manera que inducía a muchos a confesar sus pecados de modo que “no bastaban para oírles ni los religiosos, ni otros sacerdotes, que en no pequeña cantidad lo acompañaban.”

      Hoy sigue siendo uno de los santos más populares, quizá, porque en la conciencia del pueblo cristiano queda la memoria de aquel hombre que sabía hablar con la Palabra de Dios y llegar al corazón de sus oyentes. Sabía comunicar el amor y la misericordia de Dios. ¡Qué más se puede pedir a un cristiano! Ser testigo con su vida y con su palabra del amor de Dios que se nos ha manifestado en Jesús. 

      Hacer memoria de san Antonio nos debe animar a ser también nosotros testigos del amor de Dios. Quizá no tengamos el donde la palabra, de la predicación que él tenía. Pero para predicar no siempre hace falta hablar. Lo que siempre hace falta es ser testigos con nuestra forma de comportarnos del amor con que Dios nos ama a todos y especialmente a los más necesitados, pobres y abandonados. Cada vez que hacemos algo en favor de uno de esos pequeños, dejamos bien alta la bandera del Evangelio y hacemos visible el amor de Dios. 

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