Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos hermanos:

“Nadie podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús” (Rm 8,39). Esta afirmación rotunda de San Pablo podría ser el lema de nuestra celebración de hoy; el título de la fiesta se refiere sólo a Jesús, pero las lecturas litúrgicas subrayan especialmente el amor del Padre.

A veces uno se encuentra con creyentes que dicen no soportar el Antiguo Testamento, debido a que les resulta inaceptable el Dios de la ira, el castigo o la venganza. No les falta razón en reconocer la presencia de esos rasgos en el Dios de la Alianza, pero quizá les falta la clave de comprensión: es el lenguaje de que disponen los autores del AT para expresar el desacuerdo de Dios con el mal, con lo que es destructivo para el hombre, con lo que se opone a su designio amoroso como creador y providente. Son sencillamente antropomorfismos: los humanos solemos expresar nuestros desacuerdos y rechazos bajo las formas de indignación, amenaza, tristeza, etc.

Pero, aparte de tal carencia hermenéutica, esa imagen de Dios se debe a una lectura muy parcial del texto bíblico. Ya en las primeras páginas de la Escritura Dios se muestra como el que desea “pasear con el hombre por el jardín a la hora de la brisa” (Gn 3,8). Más tarde aparecerá como el amigo de Moisés, que puede tratar con él “como lo hace un hombre con su amigo” (Ex 33,11). Otras veces se presentará como el novio apasionadamente enamorado: “la cortejaré, la llevaré al desierto, le hablaré al corazón…, responderá como en los días de su juventud” (Os 2,16s). Y finalmente, en relación a todo el pueblo, aparecerá Yahvé como el padre lleno de ternura: “¡Si es mi hijo querido Efraín, mi niño, mi encanto! Cada vez que lo reprendo me acuerdo de él, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión (Jr 31,20). ¿Se puede leer el AT y no descubrir en él al Dios amigo, esposo y padre?

Jesús no hizo sino afianzar este trasfondo veterotestamentario. Él presenta al Padre como aquel que quiere poner fin a todo sufrimiento humano. En las Bienaventuranzas, en forma elíptica, según el estilo judío de la época, se afirma que Dios se dispone a saciar a los hambrientos, consolar a los afligidos y dar su reino a los pobres y perseguidos. Por medio de las curaciones de Jesús, cumple las promesas de antaño: “nadie dirá: estoy enfermo” (Is 33,24).

Según el NT, Jesús es “imagen de Dios invisible” (Col 1,15), o “resplandor de su gloria e impronta de su sustancia” (Hbr 1,3). Siendo su función representar al Padre de manera insuperable, no podía sino pasar por el mundo derrochando amor. Y lo hizo acogiendo a marginados, tranquilizando conciencias, aliviando dolencias físicas, mostrándose siervo de todos, prodigando gestos de comunión, y finalmente dando la vida. Si algo dejó claro Jesús es que tenía corazón y sentimientos: “como el Padre me amó yo os he amado” (Jn 15,9).

La fiesta del Corazón de Jesús no debe hacernos retroceder a un sentimentalismo pueril y estéril de algunas épocas pasadas, pero sí recordarnos que la espiritualidad cristiana implica siempre “cordialidad”; esto va más allá de la fría ética. Y no olvidemos los rasgos del corazón de Cristo que subraya el evangelio: mansedumbre y humildad.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

Comentarios
Ver 19 Comentarios
escribir comentario
Por favor escriba las letras como se muestran.