Comentario al Evangelio del

Julio Corredor, cmf

Querido hermanos en la fe y en el amor, en medio del tiempo pascual nos ilumina el testimonio de dos grandes discípulos del Señor, Felipe y Santiago.

  1. Primera lectura: «Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, […]. Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; […]». 1 Cor 15, 1-5.

Con las Palabras de San Pablo, podemos destacar aquí dos realidades del comienzo de la Iglesia, que hasta hoy tienen la validez y el soporte histórico, eclesial y espiritual: 1. La perseverancia y la fidelidad al fundamento de la fe del creyente y, 2. Que el centro del mensaje es el Cristo real, anunciado por las Escrituras, encarnado con todas las consecuencias:  la muerte y  la sepultura, para luego  resucitar y estar vivo, presente en la comunidad corroborado por el testimonio de los discípulos, quienes han tenido la experiencia de verlo resucitado. Esta es la esencia de la Buena Noticia, que Jesús es una realidad tangible, verificable en la historia, y que esta historia no termina con su muerte, sino que continúa hasta nuestros días, gracias al testimonio de tantos y tantas, que por la fe y la vida, continuamos sintiendo su presencia en las luchas cotidianas y con la certeza de que: «Pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos; por tanto, ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos». (Rm 14, 8). Este es el sentido de la celebración de la fiesta de los Apóstoles, Felipe y Santiago el menor.Tener la certeza de que Cristo Vive hoy y siempre.

  1. Evangelio: « […] Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. […] Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, hace sus obras, Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí». (Jn 14, 9-10).

El diálogo de Jesús con Felipe revela una de las condiciones un tanto negativas del ser humano, tan común en muchos de los evangelizadores: La autoreferencialidad, el considerarse a sí mismos como el revelador de Dios, el dueño de la verdad última. Pues aquí queda claro que el único revelador de Dios es Jesús, pero siempre en relación y en comunión con la figura tierna y cercana del Dios Padre. Así,  la presencia de Jesús tal como Él mismo lo dice, es ser Camino, ruta, guía a la casa del Padre, es ser Verdad, la del amor misericordioso del Padre, porque su identidad es Misericordia, y es Vida plena, porque ésta, la de hoy,  es solo un “poco” de tiempo, porque la Eternidad es el tiempo de Dios. Por esto San Pablo nos repetirá como lo hizo a los Corintios: «El que se gloría, que se gloríe en el Señor». (1 Cor 1, 31).

Felipe es el principal interlocutor de la verdad de Jesucristo en comunión con el Padre, y los demás discípulos presentes, ellos nos impulsan a ser cada día menos autorreferenciales y a dirigir toda nuestra labor misionera para la mayor Gloria de Dios y la salvación del ser humano en su totalidad. 

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