Comentario al Evangelio del

Carlos Latorre, cmf

¡Buenos días, amigos!

Esta vez, la difusión del Evangelio se realiza a través de los viajes misioneros de Pedro visitando pequeños grupos de cristianos. El escenario es la región que se extiende desde Jafa hasta Cesarea en la región costera de Israel, junto al mar Mediterráneo. Así Pedro, imitando a Jesús, recorre pequeños núcleos de población anunciando el mensaje cristiano y fortaleciendo a los hermanos que ya han aceptado la Palabra de Dios y la comparten.

Los milagros que hace Pedro recuerdan los que hizo Jesús y la curación del paralítico nos hace evocar la que realizaron juntos Pedro y Juan a la entrada del Templo en Jerusalén.

Para Lucas hablar del progreso del Evangelio es hablar de los efectos de sanación y de liberación que produce. Hoy  nos presenta dos milagros, como los que hacía Jesús: la curación del paralítico Eneas, que hacía ocho años no se levantaba de la camilla. Y hace revivir a Tabita, que repartía muchas limosnas y hacía obras de caridad y todos la lloraban con mucha pena. Pedro después de orar la cogió de la mano, la levantó y, llamando a los santos y a las viudas, se la presentó viva.

El evangelio de hoy nos hace ver que la enseñanza de Jesús sobre la Eucaristía resultó muy dura de entender y muchos de sus discípulos lo abandonaron. El misterio eucarístico remite a otro más amplio, a saber el misterio de la Persona de Jesús. Cuando Jesús dice que hay que comer su carne, no se trata, en modo alguno, de canibalismo, de comer carne humana. Es el cuerpo glorioso y resucitado de Jesús el que recibimos al comulgar, es decir, su carne que ya no es ni frágil ni mortal, sino gloriosa y llena de Espíritu. Sólo la carne de Jesucristo puede comunicar vida, porque ha sido resucitada por el Espíritu vivificante. Sin la ayuda del Espíritu, sin el don de la fe, toda la vida de Jesús se convierte en un permanente escándalo.

Jesús espera de cada uno de nosotros una fe en libertad. Por eso nos pregunta: «¿También vosotros queréis marcharos?». La incredulidad de la gente da pie a una confesión de verdadera fe en Jesús de parte de nosotros sus discípulos. Sin la fe en Jesús es imposible entender sus enseñanzas. Y fruto de esta fe es la adoración.

Adorar no exige esfuerzo de mi voluntad, pues el que adora no dice nada, en la adoración está mudo de estupor. En efecto se trata del primer movimiento interno del hombre delante de Dios. La adoración es la fe en acto, el acto de creer. El catecismo nos dice que los deberes del cristiano frente a Dios son: adorarle, amarle y  servirle. El cristianismo es mucho más que un programa de desarrollo personal o social.

Estar en la presencia de Dios es al mismo tiempo impresionante y fascinante, basta recordar la adoración del Santísimo Sacramento en la playa de Rio de Janeiro con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud. El Verbo hecho carne está ahí inalcanzable en una gloria que no sabemos explicar, inefable y, al mismo tiempo, con una cercanía que desarma. Por eso entrar en una iglesia no es entrar en un museo. Y uno aprende a rezar de rodillas. Así la adoración se convierte en un camino de Liberación. “El que se inclina ante Jesús no puede ni debe postrarse delante de ningún poder terreno por grande que sea”, decía el Papa Benedicto.

Vuestro hermano en la fe.
Carlos Latorre
Misionero claretiano
carloslatorre@claretianos.es

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