Comentario al Evangelio del

José Luis Latorre, cmf

Queridos/as amigos/as:

Hoy el Evangelio de Juan nos presenta estos binomios: las cosas de la tierra y las cosas divinas; el que viene de arriba y el que viene de la tierra; el que no acepta el testimonio de Jesús y el que lo acepta; el que cree tiene la vida eterna, y el que no cree no tiene la vida. Dos mundos diferentes y a primera vista contrapuestos. Es la persona de Jesús la que crea estas diferencias importantes. Termina la lectura con esta frase redonda: “Quien cree en el Hijo tiene vida eterna”.

La fe en Jesús nos descubre esa otra “dimensión” de la vida humana: la trascendencia, lo que está más allá de las cosas de este mundo, la vida eterna. Pero también la fe nos acerca esas realidades a este mundo porque la fe es luz que ilumina y penetra el sentido profundo de la vida humana; la fe es esa sabiduría del Espíritu que ayuda a discernir entre el bien y el mal, la luz y las tinieblas, lo verdadero de lo falso; la fe es esa fuerza que robustece al creyente para dar testimonio de Jesús; la fe crea convicciones profundas que difícilmente se doblegan ante los poderosos ya que el creyente ha descubierto que no hay nada más cierto y seguro que Dios y obedecerle a Él por encima de los hombres es lo más importante y bello (1ª lectura). La fe es “el tesoro escondido” y “la perla preciosa” de que habla el Evangelio por los cuales uno da todo lo que posee por conseguirla, incluso la propia vida como los mártires.

La vida eterna no es algo sólo para el más allá; la vida eterna es ya ahora “la levadura” que transforma la masa; nos cambia a cada uno por dentro y cambia la sociedad también. La vida eterna la empezamos a vivir aquí y ahora y tendrá su culminación en el más allá. Por eso los cristianos “no somos del mundo, pero estamos en el mundo” para ir transformando este mundo en “la tierra nueva y el cielo nuevo” de que habla el Apocalipsis. Jesús vino a este mundo no para condenarlo sino para salvarlo, pero desde dentro; la revolución de Jesús se da al interior de las personas. Él comenzó su predicación diciendo “convertíos” convencido de que si la persona cambia, el entorno también mejora.

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