Comentario al Evangelio del

José Luis Latorre, cmf

Queridos/as amigos/as:

En este clima de la Pascua qué hermoso y reconfortante es leer los textos que nos cuentan cómo vivía la primera comunidad cristiana. Volver a nuestras raíces siempre nos estimula y espolea.

Juan le dice a Nicodemo, discípulo anónimo, “hay que nacer de nuevo para entrar en el Reino de Dios”. Este nuevo nacimiento no es sólo un cambio de dirección o conversión, sino un ser y hacer algo nuevo, es decir, aceptar en la fe el proyecto vital de Jesús, la enseñanza y la vida del Maestro de Nazaret. Hay que entrar en la escuela del discipulado y permanecer siempre en ella hasta que Jesús viva en nosotros y nosotros en él. Y eso sólo es posible por la acción del Espíritu que sopla (actúa) donde quiere y como quiere.

El libro de los Hechos nos describe cómo vivía la primera comunidad cristiana la fe en Jesús Resucitado –el nacer de nuevo-. En el texto de hoy Lucas describe “la comunicación de bienes” en tres afirmaciones sorprendentes: a) tenían una sola alma y un solo corazón; b) nadie consideraba sus bienes como propios; c) no había entre ellos ningún necesitado. ¿Por  qué esta radicalidad? En la comunidad había muchos pobres y la comunidad respondió a las necesidades de éstos de un modo heroico. Esta forma de proceder es un ejemplo que nos cuestiona a los creyentes de hoy para que construyamos otro tipo de sociedad más justa y equitativa, y para que demos a nuestros bienes un sentido más cristiano, solidario y fraternal. Pablo dice que “hay que equilibrar”.

Las palabras de Lucas son ejemplo, llamada, denuncia, aguijón y condena evangélica a la forma de vivir la fe de muchos cristianos que nos contentamos con cumplir unas prácticas religiosas y nos duele el bolsillo a la hora de compartir y desprendernos de los bienes que poseemos. Santiago dice que “una fe sin obras es una fe muerta”.