Comentario al Evangelio del

Julio César Rioja, cmf

Queridos hermanos:

Aquí no se corre, ni hay prisas, como las tenían María, Pedro y Juan: “echó a correr”, “los dos corrían juntos”, los procesos son más lentos y llevan su tiempo. Begoña es una religiosa, que cuatro noches a la semana atiende en el barrio “Chino” de su ciudad a un buen grupo de prostitutas. Su congregación tiene un local por el que se puede pasar a ducharse, cambiarse de ropa, tomar un café o simplemente a charlar. Es estos años, son varias las mujeres que lo han dejado, a las que ha visto rehabilitar su vida, escapar de las mafias y llevar una vida aparentemente “normal”.

Antonio es un voluntario de la Pastoral Penitenciaria, más de treinta años entrando y saliendo de la cárcel. Sabe que esta no reeduca demasiado, que el que termina su pena lo tiene crudo para encontrar trabajo. Pero puede contar un puñado de personas, que después de un largo proceso, hoy están felizmente incorporados a la sociedad. María Ángeles es psicóloga y voluntaria en una Casa de Acogida de toxicómanos. Ha visto a muchas chicas llegar destrozadas, sucias, desaliñadas, delgadas… y con el paso de los meses mostrar toda su belleza, asumir el desastre que han sido para su familia, retomar la vida.

Podríamos continuar la lista con Lola militante de la HOAC, que se reúne todas las semanas para charlar con los parados de larga duración. Paco que apoya a los de la PAH y de vez en cuando consiguen alguna “dación en pago”. Laura que está con los inmigrantes, además de indignada con lo de los refugiados Sirios. Juan Carlos el de Cáritas. Esther del Comercio Justo. Y tantos etcéteras… Son los signos de la Resurrección, si nuestras comunidades no viven y crecen en el amor, sino “pasan haciendo el bien y curando a los oprimidos” como nos dice la primera lectura, ¿cómo vamos a entender la Pascua?

San Pablo nos recuerda en la segunda lectura: “Un poco de levadura fermenta toda la masa. Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja –levadura de corrupción y de maldad- sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad”. Hay que meterse en la masa humana y colocar en ella la levadura de la Pascua, decir con nuestros gestos, lo que significa que estemos celebrando una Pascua más. Desde la sinceridad y la verdad, mostrar una vida nueva, basada en pequeñas acciones que pueden cambiar el mundo, aunque no lo parezca y hacer que fermente toda la masa.

“Al amanecer del primer día de la semana, cuando aún estaba oscuro”, es en la mañana de Pascua cuando vislumbramos el futuro, en la realidad cercana. Descubrimos que no seguimos a un muerto, sino a un viviente, que lo que nos une, es una presencia. Con la Pascua ya no hace falta que busquemos a Dios entre las nubes, el nuestro es un Dios vivo, que está aquí presente con nosotros. Hay que descubrirlo en el intento de cambio de nuestra sociedad, de nuestra historia, pues empezamos a vivir una nueva semana, una nueva época.

“Vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido las Escrituras: que él había de resucitar de entre los muertos”. Este es el tiempo en que nuestra vida está llamada a hacerse anuncio de justicia y misericordia, anuncio de Vida. No es momento de grandes palabras, de frases huecas llenas de aleluyas. En cada calle, en cada ciudad, en las manos y las palabras o acciones de montones de personas anónimas, podemos ver y creer, que los que parecían muertos recuperan la vida. Sólo el amor nos hará ver a Jesús, entender las Escrituras.

Corred si queréis ahora, a decir que habéis visto en vuestra vida y en la de muchos hermanos, el paso, el cambio, la renovación, la rehabilitación; larga, desesperante muchas veces, llorosa, insegura… que lleva a la alegría. Como dice San Pedro: cuantos han comido y bebido con nosotros después de haber resucitado, ellos y nosotros, contándonos que aunque hemos muerto muchas veces, en Jesús la muerte está vencida.

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