Comentario al Evangelio del

Jilio César Rioja, cmf

Queridos hermanos:

¿Dónde vas esta Semana Santa? ¿ A la playa, la nieve, la montaña, el pueblo, en casa, a las procesiones de Sevilla, de Málaga o las más austeras de Valladolid o Zamora, haces de costalero o perteneces a una cofradía, vas a la soledad de un monasterio, ayudar en los pueblos que no tienen sacerdote, a una Semana Santa misionera, o con tu comunidad tan comprometida…? Debe existir la Semana Santa a la carta. Nunca acabé de entender, como estas fechas no las celebramos todos juntos, en nuestra parroquia de referencia.

Si la Navidad, la Muerte y la Resurrección son el centro de nuestra vida cristiana y esta vida se vive en comunidad, no parece normal que en la cena falten apóstoles, más normal es que el viernes nos escapemos y sobre todo que en la Pascua no estemos presentes, a no ser que nos llamemos o seamos mellizos de Tomás. Puede ser, que el misterio sea sólo un misterio individual. Vayas donde vayas, (que estás en tu derecho), aunque existe la semana de pascua para descansar, intentemos todos en estos días tener los mismos sentimientos que Cristo.

Ya que la liturgia nos invita a ser breves, lo anterior tomarlo como un comentario, comencemos ahora la homilía. El himno de Filipenses puede ser un buen resumen de esta semana: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”. No es una metáfora: el jueves santo lo veremos lavando los pies a los discípulos como un esclavo. No podemos construir el Reino en el que caben todos y que se simboliza en la Última Cena, si no nos hacemos hombres, uno de tantos, sin distinciones de privilegios, títulos, dineros. Se nos invita a ser los servidores de todos, su testamento será hacer esto en memoria suya.

“Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz”. Se ofrece a la muerte por la vida de los suyos, eso es el viernes santo, se hace hombre hasta las últimas consecuencias. Hay que morir a toda forma de egoísmo, a lo viejo como hemos intentado en esta Cuaresma y hay que estar al lado de los crucificados. Cumplir las obras de misericordia y pagar el precio de atrevernos a proclamar la paz, la justicia, la dignidad y la libertad del hombre, Él murió por ello.

“Por eso (nunca mejor dicho) Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre… Jesucristo es el Señor”. El aparente triunfo de este Domingo de Ramos fue un fracaso, pues quiso adelantarse a la cruz y el fracaso de la cruz fue el auténtico triunfo y esto es la Resurrección. En esa noche de agua y luz, renovamos nuestras promesas bautismales, creemos que Dios puede hacerlo todo nuevo, que es capaz de cambiar los esquemas humanos y nos señala una forma distinta de existencia.

La lectura de la Pasión, que este día es de San Lucas, no nos debe llevar sólo a ver la altanería de Pedro, la cobardía de los discípulos, la traición de Judas, la ceguera de la gente, el cinismo de Herodes, el miedo de Pilato, la ayuda obligada de Simón de Cirene, el lloro de las mujeres, los dos ladrones, la bondad de José de Arimatea y otros personajes. Ellos somos nosotros con diversos ropajes y esperemos que no tenga que ser un centurión romano, que nada parece tener que ver con esta historia, el que proclame: “Realmente, este hombre era justo”.

Es duro, ¿pero puede existir otro modo para llegar a la Pascua, que no sea el de estar todos reunidos en la misma mesa? Vivir esta semana mayor, con aquellos con los que durante todo el año se supone que formas una comunidad, es la verdadera alternativa. En Pascua nace la comunidad y más allá de las tácticas pastorales y del necesario descanso para el cuerpo o para el espíritu, fijemos los ojos no en el Jesús que nos hemos creado nosotros, si no en el que fue vivido por las primeras comunidades cristianas.

Llenémonos de los sentimientos de Cristo, junto a los hermanos que domingo a domingo, recorren con nosotros el camino, con los crucificados, los enfermos, los de Cáritas, las abuelas, los niños… los que hacen visibles que compartimos la misma fe, el mismo bautismo. Hay otros momentos comunitarios, pero este es el central, el que da más sentido a la Semana Santa.

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